Por: Pedro Iván Urquieta González
Publicado en revista Aurora Boreal N° 36, Centro Literario Ateneo de San Bernardo
Mi ingreso a Ferrocarriles comenzó en el año 1956, cuando entré a la Escuela de Aprendices de la Maestranza Central de San Bernardo. Era una academia proyectada para formar operarios especializados que constituirían los diferentes talleres de la Maestranza. Entre los principales requisitos para ser admitido estaban ser hijo de ferroviario, tener una edad de entre 15 y 21 años y rendir un examen de conocimientos escolares de nivel de sexta preparatoria, entre otras formalidades para tener derecho a participar del curso. Como estudiaba en la Escuela Industrial de Quinta Normal, no tuve problema para rendir el examen. Si bien el curso tenía una duración de dos años, recuerdo que el nuestro se prolongó un año más, lo que nos permitió adquirir más conocimientos y tener práctica en los diferentes talleres. Dentro de la escuela existía un taller con distintas maquinarias —como tornos, cepillos y máquinas soldadoras, entre otras—, las cuales servían para las clases prácticas que se dictaban en la tarde. Esta escuela contaba con salas para clases teóricas que se realizaban durante la mañana, y tenía el mismo horario de la Maestranza. Recuerdo que cuando ingresamos al curso éramos más de cincuenta alumnos, de los cuales solo finalizamos veintitrés. El 12 de diciembre de 1958 ingresamos al cuadro de la Maestranza de San Bernardo como reemplazantes ocasionales; siete alumnos elegidos por nuestro destacado desempeño fuimos destinados al taller diésel, un taller moderno para la época.
Allí fui escogido para el grupo de instrumentos eléctricos.
A partir de ahí mi vida se hizo muy ardua, ya que prácticamente la pasaba trabajando y estudiando. En marzo de ese año ingresé al Instituto Técnico Ferroviario, estudiando paralelamente en los dos establecimientos. En 1960 ingresé definitivamente a la planta de operarios de la Maestranza de San Bernardo. Tengo la certeza de que todo el esfuerzo valió la pena: lo que realmente importa debe costar.
Recuerdo, como hoy, aquel 30 de noviembre de 1964. Ya había egresado del instituto como técnico en electricidad y pagábamos el tiempo de algún feriado que no recuerdo. Por entonces, trabajaba en el desarme del famoso tren alemán que se llamaba Flecha del Sur. En el momento en que dirigía un montacargas, llegó uno de mis ayudantes corriendo para informarme que el jefe me requería de urgente. Pensé: «Ya me van a llamar la atención». Entré a la oficina del jefe; él me estaba mirando desde su asiento con tal seriedad que me puse más nervioso. De pronto, cambió el rostro y me dijo: «Aquí tengo un decreto que informa que tiene que presentarse este lunes en el Departamento de Electrificación. Entregue sus cosas a cargo, lo felicito, Urquieta».El 1.º de diciembre de 1964 ingresé a la planta técnica de Líneas de Contacto del Departamento de Electrificación de los Ferrocarriles del Estado. Tuve un buen desempeño en la construcción de la catenaria en la electrificación al sur. Recuerdo por esta época haber participado activamente en el montaje de la red aérea para la electrificación hasta Chillán, que fue inaugurada por el presidente Frei el 10 de marzo de 1967.Llegó 1973, año mal recordado por todos los que somos de esa época. Ese año estaba trabajando en la estación de Concepción; hacia junio terminamos la electrificación de esta, la cual fue inaugurada por el presidente Salvador Allende. El golpe militar del 11 de septiembre cambió la vida de todos, principalmente la mía. Continuamos con la electrificación hasta Talcahuano, en condiciones conocidas por todos los ferroviarios de esa época, las cuales no vale la pena comentar o analizar. En 1974, el gobierno de facto inauguró la electrificación a Talcahuano. Enseguida, en noviembre de ese año, recibí la orden de devolverme a Santiago con «el circo» completo, como yo lo llamaba: todo el personal de técnicos, operarios, locomotoras, vagones de todo tipo, herramientas, pescante, materiales y un penosamente largo etcétera. Era el fin de la electrificación, al menos para mí. Por ese año, varios colegas ya habíamos decidido renunciar y buscar nuevos caminos. Fue así como presentamos la renuncia, efectiva a partir del 1.º de diciembre de 1974. Responsablemente fraguamos la idea de emigrar a Brasil, lo que concreté el 20 de enero de 1975.Mi paso por la Escuela de Aprendices y la Maestranza dejó amistades y recuerdos de amigos que ya no se encuentran entre nosotros; época de juventud, del tiempo de las motonetas, por dar un ejemplo. De los amigos, recuerdo a César Disi Avendaño. Compartimos mucho, ya que él también fue mi compañero en la Escuela de Aprendices; lo designaron en el taller diésel junto conmigo y al mismo grupo eléctrico. A pesar de la distancia, siempre mantuvimos una amistad noble y sincera.
Se retiró de la Maestranza, emigró al norte y, con el tiempo, regresó a San Bernardo. Él recordaba claramente todos los detalles de la calle América, donde pasó su niñez y juventud. Era un excelente fotógrafo, pintor autodidacta y poseía una de las mejores colecciones de fotografías y dibujos de San Bernardo. En sus últimos años trabajó como cronista gráfico de la municipalidad y participó en el libro San Bernardo en el Alma: Crónicas de Sanbernardinos.Esta escuela era gratuita y, además, le retribuían a uno con una pequeña ayuda económica de estudios. Era muy estricta la entrada y, además del examen médico nos hacían un examen sicotécnico. Teníamos como ramo obligatorio la gimnasia, jugábamos fútbol, básquetbol y casi todos los deportes. Para mí esta escuela fue muy valiosa, porque todo lo que le enseñaban a uno le servía en el diario vivir para siempre, a pesar de lo sacrificado que era, ya que se entraba con los obreros a las siete de la mañana.El año ’57 hicimos una gira de estudios a La Serena, terminamos el curso, nos dieron el diploma que acreditaba nuestros estudios y nos desparramamos en los distintos talleres de la Maestranza.
Muchos de estos compañeros siguieron estudiando, otros ingresaron a INACAP y todavía hay algunos que hacen clases en escuelas industriales, lo cual es muy meritorio. Uno de mis compañeros fue contratado en Angola o Mozambique y tiene un cargo altísimo en ese país africano. Otro compañero, “El Negro” Urquieta, fue contratado por los ferrocarriles brasileños y, después fue enviado por la misma empresa a trabajar a México.(Extracto de “San Bernardo en el Alma, Crónicas de Sanbernardinos, de Guillermo A.Ríos Ch.)
Otro amigo, compañero de la Escuela de Aprendices, que recuerdo con mucho afecto es Guillermo Cruces Mendoza, uno de los que permanecieron en la maestranza a lo largo de su vida ferroviaria; fue presidente del Consejo Obrero Ferroviario de San Bernardo, también presidió una entidad llamada Corporación Maestranza, esta defendía el patrimonio de aquella verdadera institución.