Historias y Memorias

 

Historias y Memorias Archivo N° 24

 

RECUERDOS ETERNOS DE LA MAESTRANZA

Por: Daniela Silva González

La Maestranza es un icono de la comuna. A pesar del poco valor que se le ha dado (construyendo a su alrededor, por ejemplo) es un lugar único. Siempre me encuentro con colectivos, artistas, fotógrafos y modelos que van a hacer su trabajo a ese lugar porque simplemente es hermoso. Algunas personas lo respetan así. Es una de las pocas maneras que quedan hoy en día de darle el valor patrimonial que se merece.

Más que alguna historia o memoria, es el recuerdo al enterarme siendo joven, que comenzarían los trabajos de construcción en el lugar. Nunca supe entender por qué no se le dio la importancia pertinente al lugar. La historia de la Maestranza y del ferrocarril en nuestra comuna es algo que no debemos olvidar. Es la base de nuestra existencia como ciudad-comuna.

Es una mezcla entre tristeza y esperanza. Si bien el lugar no goza de la relevancia patrimonial que merece, siempre veo grupos de personas amantes de la historia y del patrimonio intentando hacer cosas por el lugar. Pienso que uniendo fuerzas se podría hacer de este un gran centro cultural y patrimonial comunitario y de encuentro para las generaciones que vivieron ese periodo, y para las futuras. Es la forma que tenemos de generar localidad y cariño hacia la comuna que nos vio nacer y crecer.

Ojalá llena de encuentros, llena de recuerdos vivos, pero también como un espacio para las nuevas generaciones. Que no se sientan excluidas. Que de alguna manera sientan que la Maestranza y toda su historia es también parte de su historia

Cuando era pequeña tomábamos el tren para ir a ver a una tía materna a Graneros. Cuando fui adolescente, en la placita que estaba al costado en el paso bajo nivel íbamos a pasar la tarde con mis compañeros de colegio. Estábamos en el Colegio Santa Lucía. También siendo pequeña tener que cruzar la vía con mucho cuidado para ir a la feria (sector Avenida México en el 40 de la Gran Avenida). Ya más grande tomar el tren para ir al Buin Zoo o de paseo al sur. Son infinitos los buenos recuerdos que se tiene de tren.

 

Historias y Memorias Archivo N° 23

 

CLUB DE AJEDREZ MAESTRANZA CENTRAL

 

Maestranza Central es un club de ajedrez con historia. San Bernardo -ciudad situada a unos 18 Kms. al sur de Santiago- fue por mucho tiempo un lugar apacible que servía a las familias capitalinas para el descanso de fin de semana. Tres han sido los elementos característicos de esta ciudad. Uno de esos elementos es de tipo natural: tres cerros de baja y mediana altura (cerro Chena, cerro Negro y cerro de la Cruz) y que todas sus calles eran recorridas por acequias y canales, lo que permitió la plantación de árboles, transformándose en un verdadero pulmón verde. Los otros dos elementos son instituciones que se deben a la creación humana: aquí funcionó por muchos años la Maestranza Central de los Ferrocarriles del Estado, usina que con más de 2.500 obreros y empleados se transformó en la más grande de Sudamérica, exportando ejes y ruedas a otros países, arreglando locomotoras a vapor y diesel, llegando a ser capaz de construir íntegramente una de estas locomotoras a vapor (en total llegaron a fabricarse seis).

La Maestranza Central fue el motor que movió a este pueblo, que hoy tiene una población de casi 300.000 habitan-tes. Tanto el comercio, como la vida cultural y deportiva, tenían a los maestrancinos (se les decía tiznados) como líderes, formando agrupaciones, clubes deportivos y otras, algunas de las cuales perduran.

Corría el año 1937 y dentro de la gran usina funcionaban grupos que practicaban los deportes de la época: fútbol, basquetbol, rayuela, box, andinismo, etc. Los Maestrancinos se reunieron y eligieron un comité para unificarlos y reunirlos a todos bajo una institución única. El secretario del comité Don Víctor Manuel Vidal Alarcón fue designado para que tratara de formar un grupo de ajedrez. El tesón y cariño que mostró este esforzado dirigente, dio sus frutos cuando una treintena de jóvenes reunidos el 16 de julio de 1937, fundan la RAMA DE AJEDREZ DEL CLUB DE DEPORTES MAESTRANZA CENTRAL de San Bernardo.

La organización gremial de los ferroviarios denominada Consejo Obrero Ferroviario, compró en 1947 una vieja casa ubicada en calle Bulnes (Presidente Abel Abarca, Secretario Cosme González) en donde funcionó la organización; pero recién en 1962 fructificaron los esfuerzos realizados por todos los miembros y por la Comisión nombrada para reunir fondos presidida por el antiguo dirigente Don Oscar Aguayo y con el apoyo del Senador Don Ángel Faivovich, quien consiguió una subvención estatal y con materiales donados por la propia Maestranza Central, se logró construir el Gimnasio Ferroviario, un edificio de tres pisos, con un gran gimnasio, que se inaugura el 11 de mayo de 1962. En este edificio han funcionado las distintas ramas del club de Deportes, siendo sólo el ajedrez la que perdura hasta nuestros días.

Desde 1937 el Club de ajedrez Maestranza Central (al comienzo Rama de Ajedrez) trabaja con gran entusiasmo y es actor importante de eventos de tipo Nacional, como la asistencia y el desfile posterior cuando se inaugura el Estadio Nacional de Santiago, en que con un brazalete color rojo amarrado en el antebrazo derecho, con un tablero pequeñísimo de ajedrez (de no más de 15 cms.) hecho también en género, desfilan ante las autoridades de la época. Aprovechando una de las franquicias que entregaba la Maestranza a sus funcionarios (el llamado “pase libre”, que permitía viajar con gratuidad en los trenes que recorrían la larga geografía chilena) los jugadores de la Rama de Ajedrez viajaron a distintas ciudades a enfrentarse con otros clubes ferroviarios: Valdivia, Concepción, Valparaíso, Chillán- entre otras- fueron visitadas, cosechando muy buenos frutos.

La Rama abrió sus puertas más allá de las familias ferroviarias y empezaron a incorporarse San Bernardinos amantes del deporte ciencia de las más variadas profesiones: médicos, dentistas, profesores, abogados; fueron creando la grandeza de este Club. Pronto se inicia su participación en torneos por equipos de la Federación de Ajedrez de Chile, en donde ganó reiteradamente el Título de Campeón Metropolitano, destronando al Club  de Ajedrez Chile, a la sazón el más grande del país, poseedor de una sede grande y hermosa ubicada en Serrano Nº 14 (la que lamentablemente no mantiene hoy — N. de la R. Trasladada a la calle Enrique Mac Iver). Una gran copa que se luce en la sede del Maestranza Central es el recuerdo de estas actuaciones, es el trofeo Pedro Lobos Solís por obtener por tres  años consecutivos el Titulo de Campeón Metropolitano.

Grandes ajedrecistas han formado parte de nuestra institución, la Sra. Berna Carrasco, varias veces campeona de chile, invicta por muchos años en dicha competencia, campeona sudamericana y vicecampeona mundial, primera Maestra Internacional chilena.

El Sr. René Letelier, varias veces campeón de Chile e integrante de muchas selecciones nacionales, también M.I. quien derrotara nada menos que al mismísimo Bobby Fischer. El Sr. Luis San Martín, primer campeón infantil de Chile. Actuaciones memorables han cumplido jugadores como Dn. Jorge Zamorano A. quien derrotó al gran jugador Paul Keres en el parque Rosedal. El Sr. Marcelo Pinto P. Campeón juvenil metro-politano en 1985. El Sr. Fernando Wachtendorff finalista de Chile en varias oportunidades, ocupando el séptimo lugar en el ranking nacional. La lista de campeones del club no estaría completa sin mencionar al Sr. Gustavo Guillén varias veces campeón del club, el gran Hugo Martínez, a los maestros: Eugenio Larraín, Oscar Valenzuela, Jorge Bustamante y a Juan Herrera quien empatara en una simultánea con Boris Spassky, cuenta la leyenda que Spassky le ofreció tablas, y análisis posteriores de la partida mostraban que Spassky perdería peón irremediablemente sin compensación alguna…

De los últimos tiempos tendríamos que mencionar a Eduardo Arancibia quien fuera campeón de Chile y seleccionado nacional en al menos dos olimpiadas, Marcelo Llorens en los primeros lugares del ranking nacional y seleccionado de Chile con gran participación en olimpiadas, Job Sepúlveda en los primeros lugares del ranking nacional. Actualmente, entre las nuevas generaciones de jugadores figuran: Cristóbal Torres Bravo Campeón de Chile Sub-16 el 2003, Vicecampeón Nacional Sub-16 (Fest. Juventud Feb-2002), Vicecampeón panamericano 2005. Carlos Barrera M. Vice-campeón de Chile Sub-16 el 2003, ha clasificado para dos panamericanos. Ana Montecinos Z. Vice Campeona Sub 20 (2001), Campeona Nacional Sub-14 (2000), Campeona de Chile en el festival de la juventud Sub-18 (2004). Estos últimos se han mantenido en los primeros lugares de sus respectivas categorías desde las series infantiles.

Muchos otros grandes jugadores, dirigentes y difusores del ajedrez han sido parte de nuestro club, Manuel Sandoval S., Manuel Lavín, Pablo Verdugo, Andrés Verdugo, Ana Carolina Hernández, Iron Navarrete, Jorge González, Hernán Castro, Jorge Marín, Juan Lira, entre otros, han contribuido a que el Club permanezca vivo, sorteando los vaivenes del tiempo…

Entre los Presidentes importantes del Club se destacan: Víctor Vidal Alarcón 1er Presidente por un periodo de 10 años, Alonso Vielma Cádiz, Presidente por 8 años y Manuel Sandoval Sarmiento, Presidente por 6 años.

 

*Extracto Semanario de Ajedrez Nuestro Circulo número 258, por Roberto Pagura (Argentina) 2007

 

Historias y Memorias Archivo N° 22

 

¡AÑORANZAS!

Por: Chepita Fuentes

Nacida En San Bernardo en 1938, Josefina de Las Nieves Fuentes Matamala, con seudónimo Chepita Fuentes, se destacó desde pequeña como “Declamadora”. Realizó un recital poético en San Bernardo, dos en la ciudad de Chillán y dos en New York, donde estuvo becada,

Integró el grupo literario “Arcilla”, del “Ateneo” de San Bernardo, y el “Taller Literario de la Casa del Adulto Mayor I.N.P. de San Bernardo.

¡Mamita!… ¡Mamá!…Mi hijo de 10 años me gritaba desde el portón… ¡Ven apúrate! Allá en la línea hay un tren bien antiguo que dicen que anda a puro carbón… Agitado por haber corrido una cuadra que nos separa de la línea férrea, con su carita roja de emoción, no quería que me perdiera, según él, la espectacular y novedosa exposición de un “Trencito a Vapor” muy ruidoso, adornado con globos y ramas de palmeras.
¡Apúrate que se puede ir y no lo vas a conocer… ¡
Conocer un tren a carbón… Lo que mi hijo no sabe es que, ese pito tristón y esos resoplidos de dragón lanza fuegos, fueron los arrullos con los que me acunaron durante toda mi infancia. Era el diario palpitar del pueblito de San Bernardo; siendo su corazón LA MAESTRANZA DE LOS FERROCARRILES donde mi padre era uno de los miles de obreros que allí trabajaban.
Pero, este pueblo hoy convertido en agitada ciudad, ha sufrido un gran infarto que le ha dejado secuelas que saltan a la vista unas, y llenan de tristezas otras.
–Ya no se oye… El largo lamento del pito de las 6 a. m., quebrando, irrespetuoso, el silencio mañanero despertando a todo el pueblo.
–Ya no se oye… El segundo pito de 10 para las 7. Este anunciaba que el portón de entrada estaba abierto.
A esa hora, nosotros, los que vivíamos en la calle Nogales, la que daba casi justo a la puerta central y a pocos metros de la entrada, éramos testigos directos de todo aquel gran movimiento; y escuchábamos los primeros pasos de los que siempre llegan a todas partes sin apuros, antes que los demás, y en broma se les dice: ”Los que van a abrir las puertas”
El sonido sordo de los zapatones sobre la tierra se iba tornando cada vez más tupido, entre toses mañaneras, saludos, y alguna que otra broma; así el ruido de los pasos de esa marejada humana, iba subiendo de tono y rapidez a medida que avanzaban los minutos.
–Ya no se oye… el corto pito de las 7; ni a los rezagados corriendo presurosos para entrar antes que fueran a cerrar las rejas y no pudieran internarse en el rugir de los talleres donde se fundían los fierros junto con sus vidas.
Después venía un corto silencio; … Las calles desoladas… Un pito corto anunciaba el comienzo de la faena. Entonces el aire se llenaba de un chillido metálico; empezaba un movimiento interno de máquinas; se sentían descargas de materiales pesados; ruidos que de tanto escucharlos ya no los oíamos, pero hoy, en su silencio mortal, los echamos de menos.
–Ya no se ven salir… esos hombres corriendo a almorzar a las 11 y media; formaban una estampida humana levantando polvareda y escurriéndose como salida de mar, por las calles hasta perderse.
Este diario acontecer influenciaba nuestros juegos infantiles. Recuerdo cuando con mi primo Orlando, que éramos de la misma edad, jugábamos a “Los Maestrancinos”. Con las manos ahuecadas sobre la boca había que imitar el pito; empezando desde muy abajo en la escala de los sonidos, íbamos subiendo hasta alcanzar el tono que nosotros conocíamos muy bien; luego, bajarlo hasta perderlo en la nada. Había que usar los pulmones y tener buen oído para dar el tono exacto que oíamos diariamente. Por eso, siempre queríamos ser el que piteaba. Y mientras, el que le había tocado en suerte, lo hacía, el otro abría solemnemente las puertas del gallinero y ambos gozábamos ver las aves salir corriendo hacia la libertad, como los hombres que mirábamos a diario. A los que en forma despectiva, los pitucos del centro, les nombraban “Los Tiznados”
A “los Tiznados” se les miraba desde las ventanas detrás de los visillos. A la hora de salida o entrada, nadie mas que ellos usaban las calles hasta que desaparecían en la maestranza o en sus casas. Era muy mal visto que las damas se asomaran a las puertas o ventanas, en esa hora especial. A los niños tampoco se les permitía; podían pisarlos o hacerlos caer, pero mi madre nos decía que mejor era que no oyéramos de esas palabras feas que se les salía en sus conversaciones de hombres.
Mi padre acostumbraba a dar un silbido y yo abría la mampara escondiéndome por dentro para que él, simulando no verme, dijera: La Chepita no está y yo que le traía una “cosita”. Entonces,… Sentía “Ese Olor”… me envolvía cual mirra fragante. Aroma a mezclillas que fueron azules y que siempre estaban manchadas de negro por el hollín y la grasa de los fierros, haciendo sudar a las mujeres sobre la artesa. Con o sin mezclilla, los maestrancinos tenían ese “olor“ porque estaba impregnado en su sangre de obrero.
El sonido de esa locomotora allí en la línea, ha despertado estos recuerdos… Me veo pequeña, abriendo la puerta, papá subiéndome sobre sus hombros y llegar a la galería donde mi madre le tenía, ya servida, la infaltable cazuela con olor a tomillo. Con media hora para almorzar no había lugar para conversaciones; solo comer rápidamente; pero papá se las ingeniaba para dejarnos riendo con alguna picardía, cuando se despedía.
–Ya no se escucha el pito corto de las 5 p.m. que, inclinada en el pupitre de la escuela, me indicaba que mi papi iba saliendo para la casa. Media hora después salíamos los escolares.
¡Cállate locomotora!…Me has llenado de recuerdos y dejarás hecho jirones mi corazón. ¡Que vacío más grande. ¡Nada de hoy se parece a entonces!
–Ya no se conoce la Gran Fiesta del 17 de Septiembre…
La Maestranza se engalanaba, los talleres eran adornados con guirnaldas, globos y banderas para recibir a los familiares y amigos que entrábamos a ver como funcionaban esas maquinarias que eran capaces de reproducir y reparar los trenes que eran la vida de nuestro pueblo.
A mí me emocionaba ver la bandera gigante que flameaba en la puerta de entrada indicando que era un día especial. No alcanzaba a entender que se trataba por el cumpleaños de Chile. Para nosotros era La Maestranza que nos recibía con sus brazos abiertos mostrando desde la entrada, esa larga avenida de aromos fragantes que nos llevaba al corazón mismo de la fiesta. Mis hermanas me cortaban un ganchito y yo me ensartaba en las pestañas esos pompones amarillos para sentir que acariciaban mis párpados cuando pestañaba.
Luego de algunos discursos que nunca escuché, venía el tan esperado y tradicional, recorrido por los talleres para ver cual estaba mejor engalanado y caer en cuenta que el del papá de una era el mejor, aunque no fuera de los premiados. La fecunda imaginación de los obreros se ponía a prueba para sorprender a los suyos con la mejor fiesta íntima que terminaba a altas horas de la noche. ¡Cómo esperábamos esas bolsitas con globos, pitos, banderitas y una variedad de golosinas que cada taller le tenía a sus niños”. Era el día del año en que había que lucir zapatos y vestidos nuevos; aunque después, subiendo y bajando carros y locomotoras, quedaban hecho un desastre, llenos de manchas y muchas veces rotos al enredarse en los fierros y alambres que había por miles.
Mi madre acostumbraba a llevarnos a casa temprano. Con los años, me fui dando cuenta que, al anochecer, el panorama era muy distinto que de día; salían hombres y mujeres embriagados causando algunas peleas u escenas que mamá evitaba que viéramos. Pero era típico ver una mujer con una guagua en brazos sujetando a su esposo ebrio y siguiéndole dos o tres niños cansados y llorosos.
Pero todos quedábamos con el recuerdo imborrable, de aquella fiesta tan especial y llena de colorido, motivo de conversación y cachiporreos en la escuela y en el vecindario…..
¡Ven mamá que el tren se va a ir y no lo vas a conocer¡, volvió a insistir mi hijo.
Yo, sacándome el delantal, le respondo:
“Si”… ¡VOY A CONOCERLO”…….

*Publicado en Anuario Literario 2003 "San Bernardo Crea"

 

Historias y Memorias Archivo N° 21

 

SAN BERNARDO EN EL RECUERDO

Por: María Bueno Venegas

Profesora de Estado; Artes Plásticas y Dibujo Industrial, Pianista, Escritora. Formadora de jóvenes pianistas y compositores.

Cuando por el año 1988 llegué a San Bernardo desde la Sexta Región a la ciudad de San Bernardo, tuve referencia del círculo literario Ateneo de dicha ciudad, para mi hermano escritor, Sergio Bueno, quien acompañaba a nuestro padre (escritor) Luis Bueno, a las reuniones literarias del mencionado círculo. También les acompañaba la escritora, Sra. María Martan. Sergio fue muy querido en esa ciudad que tanto amaba.

Recuerdo nombres de algunos socios de entonces, asistían a las reuniones literarias, en la Ilustre Municipalidad de San Bernardo, frente a la plaza. En ese entonces me incorporé como poeta y músico (pianista) donde más adelante tomé el cargo de Profesora de Piano en la Casa de la Cultura, calle América. Estaba de Presidenta del Ateneo, la escritora Carmen Maureira. Por esos años conocí a algunos escritores como Isabel Saldes, Mirella Neira, Carmencita Valenzuela, Julio César Vicencio, Ana Véliz. El profesor, escritor, tallador y escultor, Osvaldo Soriano Flores,  participó en un comienzo en el Ateneo y más tarde se trasladó al taller literario que dirigía la poeta Ana Véliz, en la Cisterna. También conocí al profesor, escultor Arturo Gallardo. Cabe destacar a Osvaldo Soriano como autor de numerosas maquetas, obras de arte, a escala, de estilos europeos de diferentes épocas. La maqueta de la “Casa de la Cultura” de San Bernardo, fue expuesta,  junto a otras, siendo muy aplaudida por el público asistente. Dio una conferencia en la “Casa Colorada” en Santiago sobre Pezoa Véliz con gran éxito.

 

*Publicado en Antología Aurora Boreal N° 30, San Bernardo

 

Historias y Memorias Archivo N° 20

 

EMPORIOS

Por: Joel Acosta

Actor, instructor teatral (Teatro Universidad de Chile), cronista, escritor, escultor (Escuela de Canteros y Ornamentación), obrero ferroviario

Entrar al Emporio del barrio era sentir una sinfonía de aromas de la multiplicidad de productos que allí se expendían: a granel, por kilo, por medio kilo según el presupuesto del cliente.
La mayoría de estos establecimientos eran de propiedad de inmigrantes venidos desde algún rincón del mundo. A veces huyendo de una guerra, de una persecución política, o simplemente aventurando un futuro.
Dejaron atrás su patria, sus costumbres, familias y raíces y se “arrancharon” bajo la estrella solitaria de este país que cuelga al fin del mundo.
Daban trabajo a una veintena de empleados que atendían la clientela vestidos con pulcras cotonas y atentos modales, bajo la estrecha mirada del dueño del local.
“Bachichas” si eran de origen italiano, “coños” si venían de la península del Quijote.
En esa época todavía el mal llamado “homo sapiens” no inventaba el plástico y todos, todos los productos estaban contenidos en envases de papel, cartón, lata o vidrio. Para los productos adquiridos a granel el cliente llevaba su propia bolsa, una botella para el aceite y una para el vino.
Era costumbre que las familias realizaban una gran compra de víveres al mes, casi siempre coincidiendo con el “día de pago”. El “pedido” contenía la mayoría de los productos a consumir durante el mes. Los detalles a las faltas menores se encontraban en el “almacén” de la esquina, que merece una crónica aparte.
Sobre el mesón, cerca de la caja, bajo estricta vigilancia, los contenedores de vidrio mostraban impúdicamente una infinita variedad de caramelos causando la tentación de los niños. Se vendían por gramos y se entregaban en una delicada bolsita de papel blanco.
Estacionados afuera de estos Emporios estaban los “coches victoria”, carruajes de cuatro ruedas tirados por caballo. Estos carruajes transportaban al cliente que salía del Emporio cargado de paquetes y bolsas. Tarifa según la distancia y el número de pasajeros ya que habitualmente la familia completa asistía a este ritual.
Los Emporios se fueron arrasados por una avalancha de establecimientos que no solamente venden víveres sino que una multiplicidad de “bienes de consumo”., los supermercados que son propiedad de grandes cadenas, algunos con raíces en el país del tío Sam, generando una transculturización ya casi imparable.

 

Historias y Memorias Archivo N° 19

VILLA LOS COPIHUES

Por: María Sanhueza Granifo

Taller de Patrimonio, Casa de la Cultura de San Bernardo, 2016

Primero llegó mi cuñado, en los años ’80, cuando estos terrenos eran tomas y vivían más de 200 personas. Entonces (todavía pololeábamos con mi marido), al cuñado le salió casa en Maipú, por eso nos dejó el terreno con una mediagua. Con el tiempo esta villa pasó a llamarse “Los Copihues”.

Después, gracias a la municipalidad nos construyeron una “caseta sanitaria”, con un baño, porque cuando llegamos todo este lugar era de tierra y las calles eran de barro, con decirle que teníamos que sacarnos los zapatos para entrar a la casa.

Para el agua había que arreglárselas y hacer una fila en unas llaves que compartíamos entre los vecinos. También, de noche era oscuro por la poca luz en las calles.

Si queríamos ir a San Bernardo, simplemente caminábamos porque los colectivos y las micros no llegaban.

El consultorio más cercano era el de “Confraternidad”, en Rodrigo de Quiroga con Martín de Solís; el único que atendía a estas poblaciones.

Llegamos acá con mi esposo al que conocí cuando trabajaba al frente de su casa en la villa John Kennedy, en el paradero 36.

Empezamos a salir a escondidas, enseguida pololeamos, nos casamos, empezamos a vivir juntos arrendando una casa, llegamos aquí para formar nuestra familia.

El barrio siempre ha estado dividido; en una parte gente buena y en otra gente mala, pero así, tal como es, yo quiero a mi población.

Antes robaban mucho, a nosotros nos robaron como dos veces e incluso asaltaban; pero esa gente se fue porque un dirigente los sacó de aquí gracias a Dios.

Siempre me he preguntado por qué le pusieron a esta villa “Los Copihues” y nunca he obtenido una respuesta porque nadie sabe, pero siempre nos sentimos parte de San Bernardo.

Aquí, todos los terrenos miden lo mismo, tienen el mismo ancho y largo, la única diferencia eran las casas, algunos pudieron levantar unas chocitas, otros una mediagua, eso era relativo porque todos éramos pobres, de escasos recursos y pocos tenían un trabajo estable.

Poco a poco fuimos arreglando la mediagua, para pasar el invierno más calientitos, hasta que se nos presentó la oportunidad de la caseta sanitaria, después cada persona hizo lo que pudo, a su gusto.

Al principio no teníamos alcantarillado, por eso la gente botaba el agua para afuera de sus casas, por unos tubos o unos hoyos rellenos con piedras que llamaban “resumideros” donde caían las aguas servidas hasta la llegada del pozo séptico.

En mi caso, mi esposo hizo los arreglos del agua, puso la taza, el lavamanos y gracias a eso pudimos estar mejor.

Eran tiempos difíciles, había poco trabajo; yo me dedicaba a la casa y a mis hijos, mientras que él trabajaba en el Persa donde fue uno de los fundadores.

Tenía un triciclo, vendía cachureos, herramientas y útiles de construcción, aprovechando que mi suegro trabajó en el Hotel Carrera como maestro de mantención por muchos años y cuando jubiló le regalaron muchas cosas que mi marido vendió en el Persa.

Más adelante compraba cosas descompuestas y usadas, como cocinas, estufas, en fin, casi de todo.

La población sufrió mucho y pasó grandes necesidades pero teníamos un buen presidente, a don Hugo, él nos dejó bien encaminados y casi listos como vivimos ahora.

Por eso trabajamos codo a codo, aunque eran más mujeres que hombres, por ejemplo yo fui delegada de dos manzanas. Si se trataba de cobrar las cuotas, dar avisos para las reuniones, preocuparnos de las personas que tenían problemas económicos o si había plaga de ratones, todo lo solicitábamos a la municipalidad y poníamos los asuntos en las reuniones para obtener más ayuda.

Tengo que reconocer eso sí que se lograron muchas cosas porque antes éramos más unidos, tal vez porque éramos más jóvenes e íbamos por el mismo camino, el de hacer progresar a la población, en cambio ahora tenemos más edad y muchos ya no tienen por qué luchar.

Así fueron los años ’80, muchos fueron despedidos de sus trabajo, otros no tenían, éramos pobres y escaseaba todo, tanto así que no teníamos plata para pagar el gas y cocinábamos a leña para tener un poco de comida.

Entre vecinos intercambiábamos, si teníamos, tallarines por papas y viceversa, por si fuera poco, como le conté, nos llovíamos, se nos iban los techos con el viento, se cortaba la luz.

Hablábamos por el único teléfono público que tenía la señora Angélica en su casa, donde también estaba el medidor de la luz y si se caían los tapones la mitad de las casas quedaban a oscuras.

Mi papa, Guillermo Sanhueza, trabajaba en la Maestranza, en uno de los talleres, pero nunca supe exactamente dónde porque él era muy reservado, por eso tampoco conocíamos su apodo como maestrancino.

Tenía un amigo y compañero de trabajo, don Tomás Pizarro, esposo de la señora Angélica, quien lo acompañaba en bicicleta para ir a los talleres.

Mi papá fue el sustento de la casa porque mi mamá se dedicó a criarnos; de 4 hermanos yo soy la menor.

Han pasado 36 años desde que nos casamos con mi marido y desde que decidimos tirar para arriba.

Noto que San Bernardo ha tenido muchos cambios, para mejor y peor, por ejemplo me gusta más la plaza antigua, la de ahora está arreglada, es linda, pero ya no tiene la Fiesta de la Primavera donde íbamos a pasear todos los vecinos, con coches, con guaguas, en familia; después comenzaron a tirar challas en la boca y dejamos de ir.

Me acuerdo, cuando era soltera, me dieron permiso dos veces para ir al cine Santiago con unas amigas, ese que estaba en Eyzaguirre y al Teatro Municipal nunca fui.

Eran otros tiempos, de pocas fiestas y horarios controlados, a lo más iba a cumpleaños hasta las 11 de la noche y cuando llegaba a la casa…derechito a acostarme.

Al “18 Chico” sólo fui una vez, era algo nunca visto, caminábamos por el cerro subiendo hacia las carpas, más allá la gente llevaba frazadas para abrigarse, después almorzaban, tomaban once, hasta la noche que comenzaban las fondas para bailar cueca y rancheras.

Otros paseos eran el circo, cuando llegaba a los barrios, el “Abril Cuecas Mil” y el “Festival de Folklore” que lo disfrutábamos con mi marido al principio, después empecé a ir con mi hija y él se quedaba en la casa porque le hacía muy mal el frío.

San Bernardo es lindo. A la gente le digo que se dé el tiempo para recorrer sus calles, el comercio y en general todos los lugares, porque todo es bonito en esta ciudad.

San Bernardo ha sido muy importante en mi vida y me ha tratado muy bien.

 

Historias y Memorias Archivo N° 18

LOS CHENITAS, UNA LEYENDA

Por: Elena Valdivia S.

Difícil contar la historia
de un grupo de tradición,
nos embarga la emoción,
se nos nubla la memoria.
Algunos están ya en la gloria,
otros, aquí sembrando
muchos frutos cosechando
del Arte que es su bandera
son niños con mucha estrella
Chenitas de San Bernardo.

Fantasía y realidad son dos palabras que se me vienen a la mente, en la hora de contar la historia de nunca acabar de “Los Chenitas”.

La fantasía es propia de los niños y de los soñadores que nos hace encender la chispa divina de la creación, que el supremo nos regala como su sombra.

Descubrir, escudriñar y ahondar en el Hombre y la Naturaleza ha sido mi tarea desde niña.

Recrear al hombre en su entorno, remodelarlo, vestirlo de belleza en la palabra, para hacerla poesía en movimiento junto a la Música y la Danza, es la fantasía que he volcado en la realidad “Los Chenitas en acción”, tiene ya 55 años de vida.

No me pidan exactitud de fechas ni de números pues huyo de las frías estadísticas. Saquen ustedes mismos la conclusión de esta hermosa historia que nació en 1963 en los márgenes del Río Maipo, locación: “Los Morros”. Mi profesión: Profesora rural, dentro de una modesta pero digna población arenera.
Mis alumnos: Hijos del rigor del chuzo y la pala.

Con el chuzo y la pala
mi vida pican la tierra
Como rosa fragante…
sale la arena.

Verso de una maestra normalista chillaneja, poeta y folklorista, enamorada del trabajo del hombre humilde, que es el verdadero modelador de la Naturaleza, Rolando Alarcón, el célebre autor del hermoso himno “Si Somos Americanos”, que hoy canta toda Latinoamérica, fue mi maestro, el hombre que me enseñó a amar la belleza que encierra el canto de la tierra. Y desde ese panorama, durante cuatro años, fui forjando un grupo de niños, hijos de cantores a lo humano y a lo divino, de intérpretes del acordeón a botones y de vigorosos bailarines de “cueca arena”, estilo que sólo se da en los márgenes de los ríos como el Maipo. Sonoras voces que fueron descubiertas con asombro por las autoridades de turno y por investigadores y folclorólogos de la Universidad de Chile. Enamorados de Violeta Parra, Enrique Lihn y Enrique Lafourcade veían en mis cantores y bailarines areneros la verdadera y pura expresión del acervo cultural.

Inauguramos con ellos la primera Feria del Libro en la Universidad de Chile.
Toda la fronda intelectual del año 1963, fue testigo de la osadía de terminar una muy zapateada cueca con ojotas, nada menos que arriba del monumento de don Andrés Bello. Tal entusiasmo de los intelectuales por el rescate del purismo sin artificios o el retrato de la realidad, ya estaba dando frutos en el gran movimiento que ya se estaba gestando: poetas, músicos, escritores y artistas plásticos estaban escudriñando la “Otra Realidad” que no querían ver: la otra cultura, la sumergida, la que ha permanecido oculta, que no tiene autor, pues ha sido modelada por el pueblo.Largo sería enumerar las personalidades científicas que colaboraron en el rescate y la difusión de estas expresiones culturales. Desde el Instituto de Investigaciones Musicales de la Universidad de Chile se desarrolló una amplia labor en pro de la conservación de las fiestas religiosas donde lo profano y lo festivo eran inseparables. Desde la fiesta de la Tirana y abarcando todo un ciclo anual de celebraciones religiosas. A lo largo y ancho del país se vivió la efervescencia de los cantos de los alféreces, las danzas a las cofradías y el ritual sagrado dentro y fuera de las iglesias.

Comportamientos del hombre frente a la fe y las promesas hechas de por vida a la Carmelita. Vestuario, comidas, transportes, adornos, organología, poesía y reglamentos en un todo. Objetivo: El hombre, el misterio y el alcance de la esquiva felicidad.

Desde los comienzos del siglo veinte, estudiosos merodeaban copiando largos romances a cultores analfabetos, pero con un gran tesoro para entregar: “la historia de la humanidad”. Cantores a lo Humano y a lo Divino daban fe de una memoria envidiable, donde se trenzaba el bien con el mal, la Virgen y su corte celestial, junto a la picardía de los Santos Apóstoles que como jugarreta literaria los hacían aparecer más humanos y más cercanos a los defectos y virtudes del pueblo sencillo. Paralelo a ello, rescataban el canto tradicional de las cantoras de trilla y rodeo, las afinaciones traspuestas, los toquíos, versos, brindis, proverbios y refranes, sucedidos, leyendas, chascarros y las danzas de antigua data.

Todo este movimiento en pro del rescate científico de nuestra cultura folklórica, generó un acercamiento de toda la intelectualidad; específicamente del Gran Santiago a lo “popular y tradicional”, de usos, fiestas y costumbres.

Violeta Parra, reina indiscutida era el derrotero folklórico, hermana del gran antipoeta Nicanor Parra, quien la instó a recopilar exhaustivamente todo lo que fuera palabra poética salida de las cantoras, que esparcidas por el amplio territorio de la zona central solían aterrizar en los andurriales y caseríos de los barrios marginales de Santiago.

Tanto convivir con ellas y sus guitarras campesinas dio como resultado la creación de décimas de una gran profundidad, donde vació toda su corta pero maravillosa aventura de vivir.

Artista plástica, creadora de piezas en guitarra para ballets, genial en todo lo que de sus manos floreciera, hizo que sus obras musicales tuviesen la coherencia del arraigo. Eran los benditos años sesenta, en que comenzábamos a descubrir no sólo a Violeta, sino que a todos sus hermanos, buceadores de mar y tierra, en busca del tesoro perdido: nuestra Identidad.

Y “Los Morritos”, que fue mi primera fantasía real con el “Arte-Vida”, coexistieron con el canto de la Viola Chilensis.

Rindo homenaje a esos esforzados hijos de areneros los cuales fueron la base para la formación de “Los Chenitas”, aquí, en la ciudad de San Bernardo. Ellos me enseñaron a vadear el río de la indiferencia y a sacar frutos donde sólo hay arena.

DE CÓMO NACIERON “LOS CHENITAS”

Abril de 1964, calle Victoria N° 545, San Bernardo: casa de mis padres, hora: 17:00.

Quiero describir la escena en que cuatro personajes labrarían mi destino y que fue el comienzo de la leyenda de “Los Chenitas”.

En la salita del piano me esperaban con la impaciencia que lo caracterizaba don Raúl Valdivia San Juan, mi padre, sentados el poeta e inspector escolar don Óscar Martínez Bilbao y don José María Domínguez Vera, quien había salido notificado como sucesor del cargo de don Óscar.

Asombro, dudas, miedo y expectación, hicieron que se me secara la lengua y que mi delgado esqueleto se hiciera invisible.

Pasaron por mi mente mil pensamientos…

Cierto era que me arrancaba de las clases enclaustradas en las cuatro tablas de mi sala y llevaba a mis alumnos a caminar por la naturaleza. Sólo ahí las clases de ciencias naturales tenían aroma de verdad.

El otro pecado era evadir las matemáticas con las cuales nací peleada y llenar el pizarrón de música en vez de números.

Demasiadas veces convoqué a los alumnos de otros cursos a ensayos de baile en forma extraordinaria, con el enojo de los directivos.

Me reunía con los apoderados en lugares que no eran el recinto escolar para acordar de una vez por todas terminar el patio trasero de la escuelita donde sólo había matorrales y grandes piedras que limitaban con la ribera del río. ¿Sería ese un pecado?.

Pero lo más grave, y lo tenía en mi conciencia, era aceptar las invitaciones de mis apoderados a compartir con ellos su vino y su pan.

Era la única manera de conocer profundamente su mundo, tan distinto al mío.

O, quizás me vendrían a reprochar la vez que en canal 9 hice un llamado al pueblo de San Bernardo y sus autoridades para que la escuela N° 14 de Los Morros, tuviese piso y cielo de madera, pues tanto los profesores como los alumnos “diente con diente” en invierno.

Aprovechando el instante en que “Los Morritos”, luego de bailar fueran entrevistados por Alejandro Michel Talento, el “Tío Alejandro”, me hizo contar a los televidentes la realidad en que vivían los “Artistas” areneros.

¡Demasiada crítica del sistema educativo!

Revolucionaria de los rígidos esquemas que a nada conducen (ni han conducido)

Habla otro idioma señorita Elena…no nos entendemos

¡Usted no pertenece al rebaño, vuelva a estudiar Arte!

Palabras que escuché cuatro años a diferentes docentes directivos, por supuesto muy bien intencionados.

“¡Parece la Carmela de San Rosendo!”– exclamaban los profesores y estudiantes cuando me veían llegar con los brazos llenos de flores y frutas, nada menos que a la calle Dieciocho (donde estudié tres años y medio folklor y educación física).

¡Tenía tantas faltas a la moral y a las buenas costumbres que no merecía el título de Profesora Normalista!.

Ahí estaba la cosa…mientras miraba la cara de los tres “acusadores”, trataba de ocultar el canasto con duraznos amarillos y olorosos que escondían una docena de huevitos azules, regalo de mis alumnos.

Hija: estos caballeros te esperan hace más de una hora!. Perdonen, pero no tiene hora de llegada con esto del “guitarreo”- (y lo dijo con tal desprecio que mi guitarra se desmayó), y dirigiéndose de nuevo a los caballeros dijo: “y yo, soñaba que Elena fuera abogado…¡y, ahora esto!”.

Estas y otras nerviosas palabras disculpándose por la pobre profesión de su hija Elena, fueron saliendo de la boca de mi padre.

Yo, sin hablar, pálida a pesar del sol arenero, escuché por fin al poeta.

¡Elenita!, no te asustes, vinimos a proponerle a tu padre una buena noticia para ti.

Él nos ha manifestado en tu ausencia no estar de acuerdo con tus viajes al campo.

Desea que sigas una carrera más de acuerdo a tu preparación intelectual, y como ya cumpliste con tuis años de ruralidad – acotó don José María – queríamos destinarte una plaza como profesora de folclor aquí, en San Bernardo.

Mientras recuperaba mis colores y las flores campesinas su perfume, pregunté con mi cascada voz: “¿y dónde se puede saber que haría clases?”.

¡A dos cuadras de tu casa, niña!, en la Escuela de Cultura Artística – dijo el poeta – ahí tengo muchos amigos artistas y tú estarías como “chancho en la batea”.

Mi padre, que seguía desconfiando de los “artistas”, les confidenció que el piano que estaba en la salita, alguna vez yo lo había tocado, pero que la guitarra a él lo hacía pasar vergüenzas.

¡Una hija chinganera! (sólo me lo perdonó quince días antes de su partida, cuando juntos cantamos “Gracias a la Vida” y descubrí con sorpresa que dominaba a la perfección los versos y la melodía de la más bella creación de Violeta).

No, don Raúl – respondió don José María – ella realizará una labor educativa muy importante. Tendrá la misión de formar un conjunto con niños de todas las escuelas de San Bernardo. Conozco la labor que realiza Elena en el Río Maipo y no tengo dudas que es exitosa.

Como una cortina que se abre para recordar el pasado que diseñó mi futuro, así recuerdo nítidamente como cuatro personajes de esa escena otoñal de 1964 dieron vida a mi fantasía-real.

¡Crear una Escuela de Arte Folclórico!.

Con mucha pena me despedí de colegas, apoderados y alumnos de Los Morros, de los cuales no me despegué por completo pues fueron la base de mi nuevo grupo.

Cuatro años aprendiendo más que enseñando en los márgenes del río Maipo forjaron para siempre en mí, valores de los que no he claudicado frente al Arte-vida.

Coherencia con el entorno Socio-cultural del hombre y su mundo

Amor a la Ecología, elemento sublimador del Arte desde la Naturaleza

Defensa de la Identidad como arma formativa y creadora

La Belleza y la Verdad como elementos críticos del quehacer docente

DOS HITOS IMPORTANTES: En abril de 1964, dos hitos marcaron mi vida. Nacieron “Los Chenitas” y conocí al que sería mi compañero de toda mi vida: Arturo García Araneda.

Desde entonces y sin descanso Arturo y yo hemos podido seguir contando la historia, casi leyenda, de este grupo que ha renacido muchas veces por las vicisitudes de la vida.

La fantasía de crear un grupo pionero de la cultura folclórica infantil partió con bases muy sólidas, desde la mejor Escuela Ambulante de la Cultura Artística del País, dependiente del Ministerio de Educación.

Viejo caserón que albergó alguna vez al poeta Manuel Magallanes Moure, a don Evaristo Molina; investigador, filólogo, escritor y folclorista, y a su familia. Sitio que todavía está en poder de la sucesión Márquez de la Plata.

Veo en su ruinoso patio la higuera que fue la delicia de mis Chenitas y sus murallones que se niegan a morir.

Su ubicación, Arturo Prat N° 279, esquina Bulnes, Dios quiera que su sitio no sea ocupado por un nuevo estacionamiento de autos o por un frío edificio de consultas médicas.

Alguna vez escribiremos su historia, pues el viejo caserón que albergó la Escuela de Cultura Artística de San Bernardo, fue la fragua donde se forjó uno de los más grandes movimientos artísticos de la época que aún perduran en nuestra ciudad.

Pintores, escultores, ceramistas, talladores, grabadores, actores de teatro, bailarines, músicos, folcloristas salieron a raudales para iluminar la cultura de la libertad.

A los niños escogí

de las escuelas cercanas

al frente de mi ventana

el profesor Ramón Fritz

no demores en venir

pues la 1 es la primera

la 7 es muy buena escuela

y la 2 tiene prestigio

con ellos harás prodigio

muy buen futuro te espera.

Con los buenos deseos de mis colegas de la Escuela de Cultura Artística y de los docentes de las escuelas mencionadas, di comienzo a la aventura de formar actores, cantores y bailarines de la Cultura Folclórica.

Objetivo General: “A través de cursos de guitarra básica aplicada al repertorio tradicional y folclórico, formar base musical para la interpretación de rondas y danzas proclives a la edad e intereses de los alumnos”.

El extenso horario que excedía a las 36 horas semanales, fue acordado en conjunto con don Manuel Leyton Berríos, recién nombrado director de la Escuela Artística.

Se agregaron a mi cátedra: profesores, religiosas, adultos y jóvenes liceanos. Con estos últimos formé un grupo juvenil que denominé “Los Chenas”.

Se conformó un amplio espectro folclórico donde tenían cabida también los cultores naturales quienes entregaban su sabiduría a quienes lo solicitasen.

En menos de un mes de Cátedra de Folclor, tenía más de 60 alumnos y el día 25 de mayo bautizados como “Los Chenitas” y “Los Chenas”, hicimos nuestra primera presentación en la histórica sede de calle Covadonga, la Sociedad de Socorros Mutuos de San Bernardo.

Comenzó entonces una etapa que resumiremos en dos líneas: “12 años de respeto hacia el estudio, práctica y difusión de nuestro patrimonio cultural, dentro de un gran marco de Libertad Creadora”.

(Publicado originalmente en Revista Aurora Boreal, Ateneo de San Bernardo)

 

Historias y Memorias Archivo N° 17

 

RECUERDOS DE UNA BELLA DAMA

Por: Lucía Ugarte Kolbach

Conversar con “Toyita” es una verdadera experiencia de vida y representa, a toda luz, un viaje a través de esas viejas y dormidas avenidas decimonónicas de San Bernardo, uno donde la épica trasluce e invita a quedarse para siempre recorriendo cada geografía humana.

He aquí una de sus cartas resueltas de voz y gráfica, escrita con la misma tinta que formó su apasionado deambular por las calles de éste, su querido pueblo.

“Me gusta que me digan “Toya”, aunque me llamo Lucía Ugarte.

Mi madre nació en Melipilla y su padre era alemán, de Hamburgo; un joven que quería conocer América y que se enamoró perdidamente de una chilena, de mi abuela que entonces tenía 15 años.

Entonces, así nacieron los Kolbach que se fueron a vivir a Angol, donde yo nací, junto a otras 3 mujeres y mi hermano Carlitos que nació en San Bernardo el año ’33.

De Angol nos vinimos a San Bernardo, cuando apenas tenía 7 ú 8 años, por lo tanto tengo sólo algunos recuerdos de esa ciudad.

Me acuerdo de una plaza, de los Húsares de Angol, de la banda y sus desfiles que eran una verdadera fiesta, pese a que residíamos en el campo; un lugar donde todo era verde y exuberante, lleno de árboles y un río que teníamos que atravesar caminando por un puente. Con ojos de niña, aquel “riachuelo” era un Amazonas y de vez en cuando, llevábamos un cochecito y pasábamos por un lugar donde vivían muchos Mapuches; ellos me enseñaron varias palabras en Mapudungun que las usaba cuando nos mudamos a San Bernardo y me encantaba hacerlo, encontraba que era lo máximo.

Esos son mis breves recuerdos angolinos, con sus bosques, lluvias y avenidas muy pequeñas.

Llegamos a San Bernardo, a una casa que la bauticé como “el hoyo”, en Barros Arana. Mis padres la compraron pensando en nosotras, para que cambiáramos de aire y dejáramos las tareas del campo por los estudios en la universidad.

Eran los años ’20 ó ’30, cuando la calle Barros Arana no estaba pavimentada y la casa era de un señor que se llamaba Domingo Iglesias que fue experto en construir casas con segundos pisos y subterráneos. Esa casa tenía uno y gozábamos con mi hermano jugando, por eso le pusimos “el hoyo”.

Disfrutamos mucho, todos los amigos querían venir a jugar, había mucho espacio y un patio grande, aunque en el invierno la pasábamos mal; cuando llovía el agua se entraba por todas partes y se llenaba de goteras, con el viento se volaban los techos de zincs.

El sitio se alimentaba de una acequia que regaba todos los árboles frutales; teníamos una higuera y un palto que se vino abajo con un viento huracanado, eso nos entristeció mucho, como ahora que la casa aún sobrevive, pero está llena de salones y piezas pues ya no es la misma de antes.

De la plaza de la Estación guardo mis mejores recuerdos, porque había un teatro; el Arturo Prat, a pesar que éramos gente de mucha cultura no teníamos ni un peso, era una “pituca sin lucas” como se dice ahora, por eso íbamos a comprar donde los Nardoche que tenían un supermercado (en los años ’30) y por unas compras nos regalaban boletos para ir al teatro Prat, a galería eso sí, porque no había platea.

Éramos niñas de 10 ó 12 años de edad; conocíamos a los Folch, a los Angulo y cantábamos una polka que se llamaba “La Huacachina” que mi mamá la encontraba de lo más horrendo y decía más o menos así: “Juntito a la Huacachina / Una mañana te vi / Y me miraste de mala gana / Me muero de amor por tí / A la Huacachina, yo te quiero, a la Huacachina que es nuestro cielo”.

Y, pasó el tiempo, hasta que conocí a mi marido durante un viaje a Buenos Aires, yo viajaba constantemente porque tenía un taller de costura e iba a buscar materiales.

Mario era Fiscal de Policía Internacional y nos topamos en Chile, a la bajada del avión; conversamos de mis viajes y le conté que era diseñadora y que había ido a Argentina a buscar mis modelos.

Me enamoré de él porque era muy habiloso y ningún hombre me había conquistado de esa manera.

Empezamos a vivir juntos, ya se habían casado todas mis hermanas y Mario tenía su departamento, sin embargo la condición que puso mi madre es que se viniera a vivir con nosotros, a la casa de Barros Arana.

Nos casamos y compramos un terreno en calle Arturo Prat, donde edificamos a nuestro gusto; las cosas iban bien.

Mario trabajaba y yo tenía mi tienda donde diseñaba moda infantil.

Tenía clientas muy famosas e incluso de la Embajada Norteamericana me encargaban ropa para Jacqueline Kennedy, la esposa del Presidente y Primera Dama.

Eso ya hace años, desde que mi madre me dijo que aprovechara mis conocimientos para ganar plata.

Me gusta el arte, aunque es caro y adoro leer de todo, pero prefiero temas entretenidos, que no me hagan pensar mucho, ya no estoy para pensar y busco aquello que termine bien para no sufrir, porque una sufre con la lectura.

Otro de mis recuerdos favoritos es cuando inauguraron el Teatro Municipal, en la esquina de Victoria y Prat, un 17 de febrero, con una película de Jorge Negrete.

Era un gran teatro con filas hacia lo alto y palcos reservados para la gobernación y la alcaldía.

El otro era el teatro “Venus” que se convertía en una magnífica cancha de patinaje y disfrutábamos de las “veladas bufas”, además veíamos cómo desfilaban todas las reinas de belleza de este pueblo.

Todavía recuerdo a Tito Angulo, a los Folch, a los Besoaín y muchos otros que eran bien “teatreros” y artistas, amantes de las comedias y el canto.

Así comenzaron a irse todos de San Bernardo, es una pena, pero vive gente nueva que es muy valiosa que no la conocemos.

Piensa que en mis tiempos apenas atendían 4 médicos, entre ellos el doctor Sepúlveda y ahora…¡deben haber más de 200!, por lo tanto no me vengan a decir que en San Bernardo hay puros delincuentes porque yo defiendo a mi pueblo y lo quiero, lo adoro, en las buenas y en las malas.

Cómo no recordar la plaza, esa “cosa” cuadrada con su Escuela de Infantería a un costado y al otro el Club Social, con sus “Victorias” y el lugar donde conocíamos a los galanes del pueblo que eran pocos y en su mayoría surtidos por las escuelas de Infantería y Aviación.

Entonces era la pura “manito” no más y si querías dar un besito llegabas hasta la noria y luego a casarse.

Así eran las cosas, caminábamos de la casa a la plaza para dar vueltas y juntarnos con las niñitas y los jovencitos del pueblo.

La plaza estaba poblada de personajes históricos, uno de ellos era “Juanito, el Barquillero”. Por 20 centavos dábamos vuelta a una tómbola (no obstante ya sabíamos el secreto), para sacar los 10 barquillos. Juanito siempre nos acusaba que estábamos haciendo trampa.

También estaba el Claudio, un curioso personaje que le pagaban para que “pelara” y contara cuáles eran los amores del señor Cura.

Los sándwiches más ricos que he probado en toda mi vida, junto a Mario, cuando estudiaba Derecho, los vendían en la esquina de la plaza, donde ahora está el arzobispado, igualmente eran sabrosos los pequenes de la señora Soré.

Para el Mes de María nos bajaba una piedad enorme, los sanbernardinos siempre fuimos muy católicos, especialmente cuando tocaba la banda, después de las 9. A nuestras mamás les decíamos que teníamos que dar vueltas por la plaza y nos quedábamos esperando al jet set y a los equipos de fútbol.

¡Imagina como era el pueblo!, militares de aviación o de infantería y equipos de fútbol, tanto así que los jóvenes que trabajaban en el Banco nadie los cotizaba, con decir que los Aylwin pasaban desapercibidos, esa gente no nos gustaba.

Sí, así es, tu recuerdas con amor lo que viste y viviste, esas 400 vueltas a la plaza, la gente, el corso, la Fiesta de la Primavera, la velada Bufa.

Toda la muchachada, como diríamos ahora en forma “siuticona”, no teníamos ni un peso, acaso ¿quién tenía auto?, ¿quién tenía movilización propia?.

Apenas alcancé a conocer el carro que había llegado a la plaza, que iba rumbo a Santiago y se demoraba como dos horas; después llegaron los Tranvías.

La vida social era limitada, por ejemplo los “malones” los organizábamos en casas súper vigiladas y comíamos, como gran cosa, pan con paté, y sólo hasta las 10 de la noche.

Tal vez el máximo pecado era subirse a una Victoria que circulaba con un bracerito encendido al medio, conducido por un señor de apellido Peñaloza, si mal no recuerdo.

Otro punto de reunión era la Casa de Cultura Artística, que funcionaba en una casona de color rojo de propiedad de los Cruz Ortiz y que era frecuentada por López, Gallardo y la señora Elena Valdivia que le enseñó a bailar cueca a mi hijo.

Piensa tú que no sufríamos, nuestros gustos eran sencillos, no teníamos ningún problema, no pensábamos en usar los últimos blue jeans a la moda ni mucho menos, todo era simple.

Si me preguntas acaso soy feliz, te digo que sí, lo soy y nunca me iría a vivir a Santiago. Le doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado.

Es todo lo que te puedo contar con éstas, mis palabras”.

 

*Nota: Entrevista, testimonio realizado durante la realización del taller de Patrimonio, Adultos Mayores
Casa de la Cultura de San Bernardo

 

Historias y Memorias Archivo N° 16

 

MEMORIAS DE LA PLAZA PEDRO AGUIRRE CERDA

Por: María Alfonsina

Vecina barrio Plaza Pedro Aguirre Cerda

 

San Bernardo, 4 de mayo de 2016

Me vine de Los Andes a los 16 años para estudiar en Santiago y me crié con mi abuelita y una tía que me recibieron y educaron.

Nunca pensé que mi futuro sería otro, al lado de tu padre, aquí, en San Bernardo, frente a esta plaza, en la calle Ramón Liborio Carvallo.

Cuando llegamos con tu papá, la casa era de adobe y la plaza que ahora ves tan bonita era fea, muy fea, estaba llena de hoyos, no tenía pasto y la gente venía a botar basura.

Los vecinos teníamos que cooperar para que no siguiera creciendo el basural, por eso íbamos con baldes y regábamos los pocos árboles que sobrevivían en medio del peladero.

Después, pusimos, me acuerdo, plantitas, flores y unas banquitas para sentarnos.

Es una pena que vayamos quedando tan pocos en la población, casi todos han muerto, al menos los más antiguos, con los que llegamos a la repartición de terrenos, porque, como sabes, esto era parte de un fundo y no “tomas” como muchos pensaban.

Aquí y allá, cada uno se construyó su casita, algunas eran piececitas de barro bien modestas, pero eso no importaba porque éramos vecinos muy unidos, entre todos nos ayudábamos si nos faltaba algo.

Una vecina sembraba de todo en su patio, desde cebollas hasta tomates, a ella le comprábamos verduras frescas.

Después llegaron a vivir con nosotros mis suegros y mi cuñada; esto fue cuando tu papá empezó a hacer mejoras en la casa poniéndole ladrillos y techo sólido.

A medida que la gente empezaba a vender sus parcelitas y sus chacritas, comenzaron a aparecer nuevas villas y poblaciones.

Recuerdo que en la calle Eucaliptus, que no estaba pavimentada, había un canal que pasaba por el medio y recorría todo ese camino hasta terminar en el canal Espejino, por el “Puente de los Burros” donde hicieron una reja para atrapar todas las mugres y la basura que la gente tiraba al agua.

Varios niños se cayeron al canal que era peligroso y profundo. Tuvimos que reclamar harto para que lo canalizaran porque además cuando llegaba el invierno se salía por todas partes y nos inundábamos, era bien problemático.

Así eran las cosas, lo importante es que siempre nos arreglábamos para salir adelante con tu papá.

A veces salgo al patio y miro al Cerro Chena y recuerdo a mi viejo que tanta falta me hace.

Éramos cabros, jóvenes, acuérdate que yo tenía 16 años y recién a los 18 una vecina me invitó a conocer el “18 Chico” del Cerro Chena. Yo, le dije que no me atrevía a salir de la casa, pero me insistió tanto que pedí permiso con el compromiso de venirnos temprano.

Era bonito el cerro, estaba lleno de ramadas donde la gente bailaba cuecas y rancheras, comíamos empanadas, tomábamos chicha, más allá vendían volantines, los niños corrían por todas partes, en verdad la pasábamos muy bien.

Fue así como encontré a mi “amigo”, el que sería tu futuro padre.

Me invitó a bailar, nos servimos unas cositas, nos reímos y así…pololeamos como 6 años antes de casarnos.

Te puedo decir que fue “amor a primera vista”, él era tan galante y tiraba “buena pinta”.

Han pasado muchos años, vamos quedando pocos, vamos desapareciendo como lo hizo tu papá hace ya dos años.

Los maestrancinos no recorren las calles con sus bicicletas; no van por Alfonso Donoso o Carvallo a sus casas a almorzar.

Eran tan caballerosos los “tiznados” como les decíamos; tan trabajadores y colaboradores con el barrio, todo un orgullo.

¿Sabes qué otra cosa echo de menos?, tal vez no me creas, pero extraño las “micros” que en un tiempo eran fiscales y tenían su paradero en esta plaza, después se las llevaron a la plaza Guarello.

Incluso las micros amarillas eran mejores que estas de ahora.

Con tu papá nos subíamos a una para ir al centro, al cine Santiago que daba rotativos, como tres o cuatro películas juntas, nos pasábamos prácticamente el día entero viéndolas.

A veces, cuando tenía plata, me invitaba al teatro viejo, de la calle Prat a ver películas mexicanas. Ahora, da pena verlo así, tan botado, tan abandonado; no sé por qué no hacen algo con él para volver a levantarlo.

Otra cosa que se ha ido perdiendo es la alegría, al menos en esta cuadra todos nos conocíamos y saludábamos, incluso nos prestábamos plata cuando andábamos cortos o le encargábamos el pan a un niño de la otra esquina que pasaba por cada una de las casas recogiendo las monedas para traernos el pancito.

De vuelta, el chico aparecía como con 7 bolsas repletas de pan calientito y nunca tuvimos ninguna pelea o desconfianza.

Por ejemplo, en año nuevo o Pascua nos visitábamos para darnos los abrazos, nos saludábamos y ofrecíamos pancito de pascua o bebida para conversar o compartir.

Te lo digo, la gente antigua era más alegre, pero nos hemos ido muriendo todos, se han ido los dueños de casa, ahora sólo te encuentras con una abuelita postrada y una niña en silla de ruedas en la otra cuadra.

Extraño también la escuela donde estudiaron, la “2”, que en esos tiempos estaba considerada como una de las mejores; debe ser por todo el trabajo que hicimos para arreglarla, cambiando el adobe por algo más sólido.

Te digo que nunca nos faltaron manos y si queríamos cemento, arena, ladrillos o pintura, íbamos a la ferretería y lo conseguíamos o a veces vendíamos queques, pan amasado o sopaipillas para juntar monedas y arreglar la biblioteca, para que las vecinas no tuvieran que ir a otro lado a leer.

Por eso, hija, quiero darte las gracias, por venir a verme y darme mis remedios.

Sabes lo difícil que es vivir así, enferma, sola y sin tu papá, porque a pesar de todo todavía lo veo entrar por esa puerta.

Esto me hace acordar del funeral de mi suegro, cuando salimos de esta casa caminando hacia la Plaza Guarello, acompañados de las cuñadas, los cuñados y los sobrinos.

Antes se acostumbraba a fotografiar los funerales, aunque a mí no me gusta, pero era algo normal.

¿Y el funeral de tu papá?, ¡ahí sí que vi a mucha gente!, porque todos lo querían y lo respetaban.

Cuando estaba enfermo lo venían a ver y le decían: “Ya pues, don Sergio, mejórese luego. Si no se mejora, ¿quién va a terminar la casa?”. Esos mismos lo fueron a  despedir el día del funeral porque el viejo era el mejor constructor que había, uno de los mejores maestros yeseros, de esos que ya no se encuentran fácilmente.

Lo malo es que era muy trabajólico, si te acuerdas, casi no salíamos, bueno, a veces los domingo, pero nada más.

Debimos escuchar más a la doctora que le detectó esa enfermedad en el corazón, esa “telita” blanca que le salió, esa cosa tan rara que nos decían los médicos del Hospital del Tórax.

Con decirte que lo vieron como 20 ó 25 médicos y la tela esa iba creciendo cada día más, tal vez fue el yeso que lo afectó, porque trabajó desde niño absorbiendo el polvo que antes usaban.

Él no lo sabía, por eso no se ponía una mascarilla para protegerse. De repente le daba una pataleta y tenía que conseguirme plata para acompañarlo al hospital, si hasta pasaba los cumpleaños acostado en una camilla. Pero, qué le vamos a hacer, así es la cosa con mi querido marido.

Al menos me dejó unos arbolitos plantados en el patio; los limones, el palto, el almendro, los damascos que siempre cuido y riego para que vivan y nada malo les pase.

Por eso, hija, tú deberás cuidarlos igual como yo lo hago, sabes que en ese lugar vive tu padre con quien converso cuando estoy sola en esta casa.

Sé que no me escucha, pero igual lo hago. Ésta es la casa que me dejó mi marido para que viva en paz y el día de mañana tú decidirás lo que pasará.

 

*Testimonio realizado dentro del contexto del taller de historia y patrimonio 
realizado en la Casa de la Cultura de San Bernardo en 2016

 

Historias y Memorias Archivo N° 15

 

MEMORIAS DE UN PROFESOR NORMALISTA

Por: Manuel Sandoval Sarmiento

Profesor Normalista, ex Presidente Rama Ajedrez Maestranza Central

Los profesores normalistas chilenos lograron bajar la tasa de analfabetismo que tenía nuestro país en este momento, no solo ellos lograron una gran transformación en la capa media social de Chile.
En América, la mejor educación en esos años, era la de los profesores normalistas, incluso varios maestros chilenos viajaron a otros países para organizar los Ministerios de Educación.
El profesor normalista no sólo brillaba en su aula, sino que en toda la sociedad, en el arte, la política, la ciencia y el deporte. Muchos de ellos eran personas muy destacadas, basta nombrar al ex Presidente Pedro Aguirre Cerda, cuyo lema indica de inmediato la orientación, él decía: “Gobernar es educar”.
En la Corte Suprema de Justicia, recordamos a don Miguel Aylwin Gajardo y Hugo Dolmestch Urra, egresado de la Escuela Normal de Curicó.
La educación normalista tenía un desarrollo muy especial; los profesores descubrían en la capa media baja chilena, los niños con talentos a una temprana edad, cuando estaban en Cuarto de Preparatoria y tendrían 10 años aproximadamente, convencían a los padres para que sus hijos se educaran en vez de que los acompañaran a labores del campo, cuando cumplían los 13 años. Luego de obtenido el consentimiento de los padres, preparaban a sus alumnos para que se presentaran a las Escuelas Normales.
La educación normalista comenzaba con el primer año, con alumnos que egresaban de 6° de preparatoria y eran 3 los requisitos que se nos exigían; el primero, era que el niño o la niña tenía que estar dentro de los tres primeros de su curso y no sólo eso, porque tres autoridades del pueblo tenían que hablar de la idoneidad, honestidad familiar y de su procedencia. Por último, este pequeño o pequeña debía someterse al examen de admisión que se organizaba el 26 de diciembre en todas las escuelas normales del país.
Los normalistas estábamos ansiosos de volver a nuestros lugares de procedencia y de esa forma cambiábamos y mejorábamos nuestro entorno inmediato, pues sin darnos cuenta fuimos cambiando la sociedad chilena.
El normalista no sólo servía para enseñar docentemente al alumno, sino que nos formaban como líderes, por eso en todos los ámbitos ha habido normalistas como lo dije anteriormente.
El profesor normalista es una suma de múltiples factores; la parte familiar y la formación que dio nuestra escuela normalista; allí, cuando llegamos como internos, nos sentíamos encantados de la atmósfera que encontrábamos en nuestra escuela, en Curicó.
Se nos “rayaba” la cancha cuando dábamos el primer paso para ingresar al establecimiento con un letrero puesto en la entrada que decía: “Aquí se viene a estudiar, de aquí se sale a servir”. Es decir, desde la primera clase ya teníamos marcada la cancha.
El capital humano que nosotros conocimos, la calidad de nuestros profesores, la actitud amistosa del resto del personal; los cocineros, los auxiliares de la puerta eran parte de este sistema que formaba a ese niño que había iniciado primero con 12 ó 13 años y que durante toda su adolescencia estaba siendo formado en estas escuelas normales, las academias que habían nos daban la experiencia para que saliéramos humanistas al 100 por ciento y para que fuéramos personas muy cercanas con las otras con quien teníamos que laborar.
Recuerdo los días viernes, cuando nos poníamos en la fila, para que nos autorizaran nuestra salida semanal, había compañeros mayores, de sexto que andaban con una carretilla de hilo y agujas por si encontraban alguna insignia colgando en los bolsillos de nuestros vestones, mientras que otros nos ayudaban a lustrar los zapatos para que brillaran; al mismo tiempo nos decían “recuerda que eres alumno de una escuela normal y debes ir bien presentado”.
En el aspecto personal, la escuela normal me entregó una sólida base que me ha servido en todo lo académico, como profesor jefe, en mis asignaturas de ciencias naturales y educación musical, además en algunos cargos directivos que he tenido en la escuela, he sido un líder que ha desarrollado una democracia interna con quienes he trabajado, además me preocupé de realizar varios cursos de perfeccionamiento para ser mejor.
Lo que llevaba desde niño, de acá, de mi hogar, mi familia, del barrio, de mis amigos, que era la formación como dirigente, también he podido y he tenido la oportunidad de devolver lo que la sociedad me ha entregado y tengo el orgullo de sentirme parte de este grupo de maestros especiales, aunque vamos quedando muy pocos, pero de cierta manera en el recuerdo de la sociedad chilena estará siempre presente el de un profesor normalista.

 

Historias y Memorias Archivo N° 14

 

PASEOS DEL RECUERDO

Por: Raúl Alvarado Pizarro

Dirigente Deportivo, Instructor Tenis de Mesa, ex Presidente Junta de Vecinos Maestranza de San Bernardo

La Maestranza de san Bernardo fue uno de los grandes símbolos de la industria nacional durante el siglo XX, de hecho, llegó a ser la segunda más importante de Sudamérica, construida en 47 hectáreas; aunque muy deteriorados sus edificios, conservan hoy la majestuosidad de aquel entonces, retratando vivamente la estela de un esplendor ya ausente.
Consciente de la historia que aquí se alberga, 2.500 trabajadores en pleno apogeo, muchas familias sanbernardinas trabajaron aquí, yo personalmente, tengo tíos y concuñados. Mi papá fue conductor de trenes de pasajeros, tío conductor de trenes de carga números 219 y 220 Santiago-puerto Montt. Mi cuñado maquinista “Absalón Bazaletty”, trenes a Cartagena.

Lamentablemente, volviendo a Maestranza, y en prospectiva, la imagino con avenidas muy estrechas en los accesos de entrada y salida de San Bernardo.
Poco futurista, nuestra villa colapsada por el tránsito vehicular. San Bernardo debería tener accesos como Rancagua u otras ciudades. ¡Piensen en lo que será nuestra villa para salir de nuestras casas!.
Recuerdos imborrables en nuestra memoria; en 1945 fue fundado el Club Deportivo Rama Andinismo y Excursionismo Maestranza Central, fundada por grupo de ferroviarios.
¡Qué recuerdos más hermosos tengo de esos años!.
Ferrocarriles nos prestaba sin costos un carro de pasajeros y un carro de cargas para ir a veranear al sur de Chile (hijos y parientes de Ferrocarriles del Estado).

El vagón lo cargábamos días antes pues llevábamos de todo, contando más o menos unas 120 personas, y a continuación un tren lo llevaba al sur. Viajábamos en coche de pasajeros, íbamos todos cantando. De esta manera pudimos conocer casi todos los lagos del sur de Chile, ¡era una maravilla!.

Una comisión viajaba a elegir el lago para veranear; surgieron muchos matrimonios entre las familias ferroviarias, éramos muy disciplinados y unidos con eventos juntábamos dinero durante todo el año.

En el gimnasio ferroviario hacíamos las fiestas, fue así como acampamos en lagos como Ranco, Llanquihue, Panguipulli, Laraquete (río Las Cruces, desembocadura río Bío Bío) Colcura, playa Blanca, Dichato, Caburga, Villarrica, Lanalhue, Calafquen, Riñihue, Todos los Santos, Chivilingo, y varios otros que se me olvidan. ¡Qué maravilla de vacaciones en 21 días!

Llevábamos muchas cosas; equipos de sonido, aros de basquetbol, de todo, fútbol, rayuela, ajedrez, tenis de mesa.
Alrededor de una gran fogata, realizábamos veladas artísticas bailables, cuando llegábamos al lugar, se izaba la bandera de nuestra institución y la chilena, se cantaban nuestros himnos de las ramas y el patrio ¡Una organización perfecta! ¡grandes dirigentes!
Una guardia juvenil cuidaba nuestros sueños. Disciplina, orden, respeto era nuestro lema.
Entre las actividades deportivas participaban todas nuestras damas, todos…
Se pactaban partidos de futbol con lugareños hasta con los carabineros muy buenas relaciones; se realizaban excursiones a diferentes cerros (subidas, andinismo) San Ramón, El Abanico, Villarrica y varios más que no recuerdo. ¡Lindos recuerdos del Club de Andinismo y Excursionismo Maestranza Central!
La pandemia se llevó a varios. Todos dejan un recuerdo maravilloso de hermandad.
Voy a permitirme nombrar a algunas familias que participaron activamente en casi todos los paseos por el sur de Chile:

Carlos Gómez y familia Vidal Cid
Luis Espina y familia
Navarrete y familia
Estivil y familia
René García y familia
Rolando Herrera y familia
Patricio Donoso y familia
Absalón Bazalety y familia
Raúl Alvarado y familia
Guillermo Morales y familia
Luis Pino y familia
Luis Arenas y familia
Pedro Mondaca y familia
Pablo Navarrete y familia
Luis Palma y familia
Alfonso Barros y familia
Rocha y familia
Manuel Gómez y familia
Pablo Muñoz y familia

Y a los que he omitido, sabrán que están en nuestros corazones.

Mis agradecimientos, muy especialmente a mis amigos Patricio Donoso y su Señora Licha Herrera por su ayuda para confeccionar estos lindos recuerdos.

 

Historias y Memorias Archivo N° 13

 

ESENCIA DE SAN BERNARDO

Por: Jazmín Aránguiz Vallecillo

Escritora

Si queremos hablar de historia y herencia de nuestra patria no podemos dejar de mencionar a la capital de la provincia del Maipo, nuestra querida comuna de San Bernardo[1].  En el territorio donde hoy se emplaza, se han encontrado signos de una anterior existencia prehispánica que dan cuenta de la presencia de los inicios de nuestra sangre a través de los pueblos indígenas, incluso con lugares considerados como sagrados por el pueblo Inca[2].

San Bernardo era una pequeña comuna, pero desde inicios del siglo XX, experimentó, a través de sus caminos, un proceso de crecimiento urbano, en gran parte gracias a la actividad ferroviaria logrando ser “la Maestranza Central de los ferrocarriles del Estado de Chile”. Marcando el paso del tiempo con la acelerada subdivisión de terrenos, apertura de calles y avenidas, y la inauguración de vías para unir a la ciudad con Santiago, tales como el ferrocarril eléctrico en 1908 y la Gran Avenida en 1930.

La lograda oferta económica y calidad de vida con la que San Bernardo seducía, pudo atrapar entre sus calles, durante los periodos estivales, a la aristocracia chilena, quienes habían adquirido viviendas y palacios en la ciudad, como es el caso del lujoso edificio denominado “El Castillo”[3], adornado con hermosas decoraciones traídas de Europa oriental, el cual fue construido por la acaudalada familia Pavlisa como su lugar de residencia, donde permanecieron hasta que se fueron del país. Se ubicaba en la calle Arturo Prat, cerca de la esquina Freire, con su particular estilo europeo, lucia tres torres de formas rectangulares, circulares y hexagonales, poseía una enorme escala de doble subida, completamente de mármol blanco incólume, bajo la cual se encontraban las muchas habitaciones independientes que poseía.

Lamentablemente no se pudo salvar de la mano del “progreso”, el paso del tiempo termino con su vida útil…sin embargo, aún se mantiene la nostalgia de lo que fue la antigua construcción y ha logrado vivir eternamente en el alma, recuerdo y herencia de los “Sanbernardinos”, y pese a que ya no existe, en su lugar, al igual que el ave fénix, ha resurgido entre los escombros un hermoso edificio con características del Oriente, que, en cierto modo, ha instaurado para siempre su recuerdo.

Pero el “desarrollo” y los años no lograron destrozar el alma de un pueblo lleno de historia y colmado de sueños que se observan aun en  gran parte de sus construcciones  que nos siguen trasladando a principios del siglo xx, con un estilo que nos invita a extasiarnos con el aire fresco,  el cielo y observar  añosos árboles verdes, todo gracias a sus amplios espacios y hogares contiguos, paisaje lleno de viviendas similares, de coterráneos hermanos, iguales con solo sutiles diferencias en sus fachadas de  elementos decorativos que no dividen un pueblo solo le dan al paisaje más luz, más colores, más humanidad.

Qué mejor conquista que haber heredado la esencia de nuestra tierra a través del  folclore, que desde el año1972 ha organizado el Festival Nacional del Folclore de San Bernardo que ya en 1973, se afirmaba que, “casi de la noche a la mañana la ciudad de San Bernardo se ha constituido en la sede chilena más importante de festivales de folclore”. Por este motivo, conservando nuestras raíces y la sutil historia que se presiente al transitar sus recorridas calles y sus amplias veredas, la han coronado, merecidamente, como la “Capital Nacional del Folclore”.

A pesar que muchas construcciones de grandes casonas y parcelas, quedaron sólo en el recuerdo de los vecinos que añoran el carácter romántico de la ciudad, San Bernardo nunca se quitara el recuerdo del color próspero y apacible de una comuna que contiene tanta historia y divinidad.

 

[1] Fundada en 1821 por el filántropo Domingo Eyzaguirre, recibió el nombre en honor a Bernardo O Higgins.

[2] “En torno al simbolismo del Pucará de Chena". Diseño Urbano y Paisaje, 3(9), 2006

[3] 1920 a 1996

 

Historias y Memorias Archivo N° 12

 

TARDE DE TRENES

Por: Mariluz Vargas Muñoz

Decimista, Dirigenta vecinal, Presidenta Junta de Vecinos Villa Unión Americana y Yerbas Buenas, San Bernardo

 

Para nuestra comuna, la Maestranza de San Bernardo reviste una gran importancia, puesto que ésta comenzó a operar como tal, más o menos en 1919, constituyéndose con el tiempo en la segunda maestranza de Sudamérica de la época. Esto, trajo consigo un incremento en la actividad laboral y productiva, superando con creces la experticia de sus trabajadores que fueron capaces de construir íntegramente una locomotora a vapor.

Sin duda, la Maestranza es un símbolo de auge, esfuerzo y trabajo que trajo a nuestra comuna productividad y bienestar, siendo reconocida en muchos lugares, incluso hasta nuestros días, no obstante, pese a haber sido un pilar fundamental en cuanto a factores de economía, social y cultural, en octubre de 1973, once de sus obreros fueron fusilados por pensar distinto, constituyendo un referente relevante en la memoria y conciencia colectiva de nuestros país.

Hace muchos años, y cuando esta comuna aún era un pueblo y no había llegado la modernidad ni la tecnología, recuerdo con mucha nostalgia los viajes en tren de San Bernardo a Curicó para visitar a unos primos, acompañada de mi madre, que ya ha partido de esta tierra.

La gente amable que se desplazaba por los vagones, con grandes paquetes, canastos, el inspector cortando los boletos. Era verdaderamente una aventura, vivencias que añoro por la fraternidad, el respeto, y solidaridad.

Recuerdo  a mi madre que trabajaba cerca de la Estación de Ferrocarriles, viendo el paso de los trenes. Me sentaba en silencio, observando el ir y venir de tantos pasajeros, subiendo, bajando desde los andenes, con sus vidas y sus motivaciones, con niñas y niños tomados de la mano de sus padres, todo frente a este gran escenario que disfrutaba casi a diario.

Lamentablemente aquella enorme estructura donde todos guardamos tan bellos recuerdos, donde se realizaron tantas actividades comunitarias y que nos brindó tanto desarrollo, sólo ha quedado olvidada, pero, aún en este deplorable estado, se erige como símbolo de esperanza, esfuerzo, rectitud, valentía y consecuencia que debemos respetar y conservar.

Estimo que nada que pueda construirse en ese lugar logrará opacar la profunda huella que dejó la Maestranza de San Bernardo. Más aún, cada intento por cambiar su origen o procedencia, se alza con mucha más fuerza la historia que aún vive entre esos rieles y talleres tan necesarios e importantes en su época y ahora, por muchos olvidados. ¡La Maestranza aún vive, con sus trabajadores, allí y en nuestras conciencias!

 

Historias y Memorias Archivo N° 11

 

MI PADRE, YO, Y LA MAESTRANZA

Por: Joel Acosta

Actor, instructor teatral (Teatro Universidad de Chile), cronista, escritor, escultor (Escuela de Canteros y Ornamentación), obrero ferroviario maestrancino

 

Asoman los bronces del Orfeón Ferroviario de la Maestranza bajo el compás lapidario de la muerte, paso a paso caminando tras el difunto, especialmente si era un obrero muerto en acto de servicio.

Era un riel humano, acompasado, respetuoso y triste caminando hacia el Cementerio.

Joel Acosta, vecino de la población Ernesto Merino Segura, más conocida como “La Lata” y ferroviario de toda una vida, así lo atestigua:

“El Orfeón de la Maestranza acompañaba ceremonias especiales que se realizaban dentro y fuera de los Talleres, pero lo que más recuerdo es que acompañaban al difunto adelante, y lo tengo muy patente porque ésta era la calle donde pasaban los funerales hacia el Cementerio Parroquial.

Muchas personas murieron en acto de servicio, por accidentes. Hay que entender que en aquellos tiempos, incluso si ves fotografías de los trabajadores en los talleres, carecían de todos los elementos de seguridad,  muy parecido, por ejemplo si revisas imágenes de los calicheros en el norte…¡da pánico!, esa gente trabajaba casi con alpargatas, a torso desnudo, y aquí en la Maestranza no había uniformidad en el overol; ellos tenían una chaquetita, los guantes se los conseguían, por lo tanto los accidentes eran frecuentes y altamente graves”, narra.

En el living de su casa, Joel, junto a su esposa Mónica, conviven con muchos recuerdos, todos ellos de profunda raíz y significancia, como fotografías, objetos y premios obtenidos por su hija, la actriz Tamara Acosta, una de las figuras más importantes del teatro y el cine nacional e internacional.

Exhibe con emoción y orgullo el retrato de su padre, un trabajador del campo de quien se conoce muy poco, pero que dejó una huella imborrable en su familia y un amor infinito por los trenes:

“La construcción de la Maestranza necesitó trabajadores, cientos, muchos, y se abren las postulaciones, a viva voz creo yo, porque mi padre con suerte aprendió a leer y escribir.

Bueno, la gente llegaba a pedir empleo y le preguntaban: ‘¿quién lo manda?, ¿cómo se yo quién es usted?, tráigame un papelito que diga quién es usted y vuelva”, entonces recurrían al curita de la parroquia que ahora es la Catedral. Mi padre contaba que el cura Escudero le dio una nota escrita, de puño y letra donde decía algo así como ‘yo, conozco a este hombre, que se llama, y vive en…’. Mi padre llega con la nota escrita, la presenta y lo dejan trabajando como jornal en la construcción de los edificios y talleres, hasta que en una de esas jornadas le dijeron que lo necesitaban en los Talleres, y así comenzó, sin saber nada de trenes, sólo lo que sabía del campo y la tierra, sin embargo fue aprendiendo.

Los que echaron a andar la Maestranza fueron los ingenieros alemanes, los gringos que apenas hablaban castellano. En ese tiempo empezaron a importar locomotoras alemanas fundamentalmente, y junto con éstas llegaron los ingenieros, después llegaron las inglesas, y mucho después las gigantescas Mikado (japonesas).

La mayoría de gente que llegó a trabajar a la Maestranza vino del sur, y les llamaban “Los Mauchos”. Mi papá siempre decía: ‘¡llegaron los Mauchos, llegaron!’, pero, ¿quiénes eran?. Eran trabajadores sureños que traían locomotoras en falla o en proceso de mantención, entonces Los Mauchos, que eran maquinistas, palanqueros, fogoneros se quedaban un tiempo y después regresaban, pero con el tiempo comenzaron a trabajar acá, en San Bernardo.

De esos tiempos recuerdo a don Alfredo Freihofer, un señor alto, de ojos claros, maestrancino. Salía en la mañana a trabajar y en la tarde, después del trabajo se iba a tomar a las cantinas, funcionaban muchas en San Bernardo, estaban “La India”, “Tamayo”, eran como 4 ó 5 con patentes y los demás clandestinos, como “El Piojo Blanco”, el famoso “Poto Redondo”, en fin, eran muchas.

Otra característica eran los sobrenombres, ¡no había ferroviario que no tuviera uno!, nadie se escapaba, pero…¡muy bien puestos!, te decían uno y ¡ese es!. Mi papá era “El Chuleta”, porque usaba chuletas, o patillas”, aclara.

“Mi padre comenzó en la Maestranza haciendo de todo un poco, después se especializó en calderos, tenders, que es la parte donde hierve el agua; el caldero es donde está el fuego y este se transmite al depósito de agua del tender, por donde pasan los “tubos de humo”, decía mi padre. Eran unos tubos que pasaban con agua y el calor los calentaba hasta transformarse en vapor para ir a las bombas que se encuentran al costado de las locomotoras.

Siendo niño recuerdo a mi padre trayendo unas planillas donde estaba el nombre del grupo, 8 ó 10 personas, más allá un renglón con el trabajo que realizaba cada uno y el detalle, por ejemplo: ‘se cambian tantos metros de planchas, o el caldero de la locomotora’, esos datos tenía que escribirlos y llevarlos a contabilidad porque se consideraba como trato, le pagaban un bono de producción; esto lo conseguían con las presiones sindicales, las huelguitas por aquí, por allá”.

La casa de Joel anida sonidos en medio de las paredes y de vez en cuando escucha a su madre escobillar las mezclillas, de su hermano mayor, dibujante técnico de la Maestranza y su padre:

“Al principio se trabajaba de lunes a  sábado, porque mi hermano llegaba después de mediodía junto con mi padre, y ese día era de lavado. Ellos traían sus mezclillas de la Maestranza, y mi pobre madre, hacía hervir el fuego para calentar el tarro lavandero con agua, yo era el más chico y me mandaban a avivar el fuego.

Y, fíjate, que el escobillado de mi madre aún lo recuerdo, lo tengo en mi mente, algo indescriptible, con su ritmo, su sonido, fuera invierno, tarde, día y noche, ella escobillaba”.

“Antiguamente existía la forma más natural y elemental para orientarse en el pueblo, y eso se ve todavía, en algunos lugares, pero se ha ido perdiendo con el tiempo.

Por ejemplo, aquí decíamos: ‘¿Pa onde vai?’, ‘voy pa’ donde Lo Blanco’, o “lo de los Blancos”, que era un fundo bien grande que había por allí, pero no se llamaba Lo Blanco, ¡la familia era de apellido Blanco!, así como “Lo Espejo”, por ende las personas se van orientando así: ‘pasa por ahí, llega al hospital, después dobla por allá y llegai derechito al cementerio, por el camino de las zarzamoras’. No nos perdíamos, no necesitábamos ninguna otra referencia, y “La Lata”, era porque a la entrada del fundo, que estaba cerca de la línea férrea, estaba cubierto de latas, por eso la gente decía: ‘camina por aquí, atraviesa por allá y dobla por donde están las latas’, es una toponimia muy particular”.

Chile, esta larga y angosta faja de tierra, se parece demasiado a un extenso ramal de confines, separado por aguas, cordilleras y accidentes geográficos que no frenan su avance, más lo proyectan a través de sus ciudades; verdaderos vagones donde circulan pasajeros de primera, segunda y tercera. Entonces, no era distinto a la actualidad, con un país dividido en clases. El primer carro era para los empleados y el segundo para los obreros, así lo corrobora Joel:

“Estábamos sentados con mi papá, afuera de la casa, sentado en un pisito que sacaba al atardecer. Había llegado del trabajo y yo juagaba en una acequia, bajo un sauce, con palitos y ramitas que tiraba al agua, de repente viene un señor caminando desde Avenida Colón, alto, decidido. Mi padre se pone de pie, y ceremoniosamente se saca el jockey y lo saluda: ‘buenas tardes don Pedro’, le dice, espera a que pase y se sienta. Luego de un breve silencio, respira y me llama, ¡ven, ven, me dice!, ‘llama a don Pedro, anda a buscarlo, olvidé preguntarle algo’, a lo que me asomo y empiezo a llamarlo desde lejos: ‘¡eh, oiga, oiga caballero’, posteriormente chiflo.

El caballero se devuelve y mi papá corre presto a su encuentro, yo apenas escucho lo que murmuran, y se despiden.

Mi papá regresa y apenas me ve me grita: ‘¡El es don Pedro Bulboa, empleado de la Maestranza, no lo puedes llamar así, él es un caballero!’, y…¡paf!, me manda un tremendo cachuchazo. ¡Nunca más se me olvidó que a don Pedro no se le podía silbar ni tratar mal!.

Esa era la diferencia, aunque don Pedro era un simple empleado nada más, tal vez un administrativo, pero vivía en las casas de la esquina, las altas, que eran para los empleados y ellos no se metían con nosotros. ¡No!, los hijos de don Pedro Bulboa, vecinos nuestros, de la esquina no podían jugar conmigo y nunca jugué con la Inés, con el Pepe, de lejitos no más.

Sin embargo, todos los ferroviarios, sus hijos, hijas, esposas, madres y abuelas se vestían y comían en la Cooperativa, y era muy simpático, nos compraban un terno y un par de zapatos para el “18”, y otros dos para Navidad, ésa era la “ropa para salir”, y andábamos todos vestidos iguales; de corbata, con ternito, bien elegantones.

De niño, tomado de la mano de mi mamá íbamos a la Cooperativa, y el señor que atendía (tengo su cara aquí, grabada), decía que me buscaran algo para vestir: ‘¡tengo la última moda para el niño!’ exclamaba.

Iba, me vestía, lo probada y…la ropa me quedaba chica, o eso era lo que pensaba al mirarme al espejo y ver esos pantalones con broches, unas medias hasta arriba. Era la moda “Golf”.

‘¡Pero cómo me voy a poner esto, mis amigos me van a golpear!’, le decía a mi mamá casi llorando, al final el pantalón quedaba englobado, aunque era elegante le decían “los guarda peos”, el asunto es que para el 18 nos ponían el terno nuevo y los zapatos ¡duros!, tenías que caminar como un mes y medio para amansarlos, sin doblar el pie.

Íbamos todos terneados a la Maestranza, el 16 ó 17, pero generalmente era el 16 y se abrían los Talleres después de tocar un pito. Había pito para levantarse, para acostarse, para pago, todo era con pito, y llegábamos por la puerta principal o por la puerta chica en Baquedano, los guardias vestían de color café.

Entrábamos e íbamos directo al Taller donde trabajaban los familiares, y recuerdo los adornos; unas hojas de palmeras cruzadas, con banderitas tricolores, todo ordenado y algo que nunca olvidaré, en una esquina del Taller una manguera gruesa que tiraba un chorro de aire y hacia bailar una pelotita, porque tenían máquinas y compresores gigantes.

Al entrar, me emociona recordarlo, se me pone una zanahorita en la garganta, como dice la Mafalda, veíamos por un pasillo a mi papá, sí, ¡era él!, vestido con su mezclilla y dándole con un combo a una plancha al rojo vivo…¡paf!, ¡paf!, ¡paf!, y le daba y le daba. Sí, ¡ese era mi papá!, y yo lo miraba fijamente, y fíjate que me acuerdo que cuando llegaba a la casa jugábamos; estiraba el brazo y me colgaba de él, ¡tenía así unos brazos”. Escribí una crónica que decía ‘Y él doblegaba los aceros, era dueño del acero y los doblegaba’.

Mi mamá decía: ‘pasen, pero cuidado, no se vayan a ensuciar’, corríamos y un tiznado nos regalaba un paquete, un cambuchito de cartón con galletas, banderitas, frutas, una Bilz, una Crush Bidu, ¡y, empezábamos a comer!, dábamos la vuelta, mirábamos los carritos donde trasladaban materiales y herramientas por una línea bien pequeña. Mi mamá volví a decirnos: ‘no se vayan a ensuciar’, pero terminábamos siempre como “monos”.

Poco tiempo después aparecía mi papá, ya vestido, de “vestón”, elegante, con su jockey, y con todo orgullo sacaba pecho y nos decía: ‘¿vieron, sí?, ¿vieron?’, sólo respondíamos afirmativamente moviendo la cabeza.

Ahora pienso, ¿mi mamá se sentiría orgullosa del viejo?, ¿mi papá se sentiría orgulloso de que lo viéramos?. Creo que nos dejó una enseñanza muy fuerte; el amor al trabajo, el orgullo del trabajo, con todos sus pollos allí, viéndolo.

A continuación nos íbamos al patio central donde había un escenario, y un show grande que duraba hasta…no sé qué hora. En medio del bullicio trataba de encaramarme para que me vieran gritando: ‘¡mamá, mamá, quiero pichí, me duele la guata!’.

Recuerdo haber visto a Raúl Shaw Moreno y Los Peregrinos, ¡imagínate!, y lo pagaba el sindicato. En ese tiempo Raúl Shaw, boliviano, era la sensación.

Vimos a Jorge Romero Firulete, sanbernardino, a Arturo Gatica, en un show que duraba horas; al final mi mamá le decía a mi papá: ‘vámonos, los niños tienen frío’, y nos traía a la casa, feliz, muy feliz.

Es que…hay muchas cosas significativas, para entender la vida de la familia ferroviaria, no de la familia trabajadora, sino de mi grupo familiar.

Mi madre pedía que avisáramos cuando fuera el “pito de pago”, el 30 ó 31, y era un sonido que estaba fuera de todo rango. Estaba el pito de las 6 de la mañana, era largo duraba 10 ó 15 minutos; despertaba a todo San Bernardo, a las 6 y media, un cuarto para las 7, 10 para las siete y a las 7 se comenzaba a trabajar, a las 11 se paraba el trabajo, para lavarse, arreglarse e ir a almorzar, después otro pito para entrar, otro para salir, y estaba el “pito de pago”, mientras mi papá escuchaba la radio que compró a través de la Maestranza, se la descontaban en cuotas, por planilla, entonces se sentaba en un pisito de mimbre y junto a él un mueble con el típico pañito de crochet, escuchando “La Fiesta Chilena”, donde cantaban cuecas, y luego “El Reporter Esso”, el “primero con las últimas noticias, preparado por la United Press International, Agencia Orbe y nuestros propios servicios”, lo leía Pepe Abad, y como decía “con las últimas noticias”, yo decía y razonaba: ‘¿por qué tienen que esperar al día primero para dar las noticias?’, ya que relacionaba cuando mi madre decía: ‘el primero pagan, el primero te compro los lápices a colores, no antes, el primero’.

Finalmente, apagaba la radio y se iba a dormir cuando sonaba el famoso pito de pago.

Mi mamá, que era muy seria, recordaba el sonido del pito, entonces llegaba mi papá y decía: ‘tome Olguita’, y le pasaba un sobre cerrado, de color café que en el anverso escrito, con tinta y lápiz de pluma, se leía Eduardo Acosta Duarte, taller tanto, tanta plata, y al reverso la ficha por descuentos, y todo escrito a mano.

Mi madre se persignaba y metía el sobre en su delantal, ¡el eterno delantal!, y eso era todo. Después, al siguiente día partíamos a la Cooperativa. Ella administraba la plata, mi papá le pedía a mi mamá para comprar cualquier cosa, pero ella compraba calcetines, calzoncillos, camisas, pan, leche, aceite, ¡todo!, y mi papá…¡nada!, era el proveedor, llegaba del trabajo, almorzaba, picaba la tierra, tenía una huerta, sólo eso.

Mi papá decía: ‘Olguita, saqué pases para Cartagena’. Mi mamá lo miraba, guardando un silencio largo, y contestaba: ‘Ya pues’, eso era todo, luego los guardaba.

¡Aquí empezaba el drama!.

Llegaba el jueves y mi mamá empezaba a amasar pan, a cocer pollos, a hacer huevos duros, y todo lo que había que llevar; ¡la pobre se amanecía!, hacía sopaipillas, pan amasado, sándwiches, más las gallinas, mientras tanto nosotros gritábamos eufóricos: ‘¡vamos a ir a Cartagena, vamos a ir a Cartagena!’, pues sabíamos que lo pasaríamos bien, porque iba el primo, el vecina, el primo de allá.

Llegaba el día.

¡Levantarse!, a las cinco de la mañana, nosotros, apenas abríamos los ojos, ¡ya, a levantarse no más!, a continuación el terno, ¡paf!, y la corbata para ir a Cartagena.

Partíamos todos, y nosotros, cabros chicos, durmiendo, para llegar a la estación, ¡todo lleno de gente!, y más encima teníamos que “agarrar” asientos, antes no eran tantos pasajeros, tantos asientos, ¡no!.

El tren se acercaba y los papás hacían algo muy peligroso, corrían hacia el sur, en dirección al tren en marcha, y en una maniobra muy hábil la abordaban, para ubicarse, poniendo una frazada para “marcar”, y subirnos a la fuerza, apenas, por la ventana, a la par que subían los paquetes con las cosas, pasábamos un breve recuento para que estuviéramos todos ubicados y…¡partíamos miércale!, en un tren excursionista, después lo entendí mientras trabajaba en Control de Tráfico. Todos los trenes tienen un número y depende de éste su mayor o menor importancia, y como el tren era de excursionista, no tenía numeración, era obligación dejar pasar a las demás locomotoras primero.

Salíamos a las 7 de la mañana y llegábamos como a las 12 a Cartagena, abríamos el canasto, sacábamos los huevos duros, comíamos el pollo, y mi pobre mamá, que se mareaba en bus, en auto, y en tren, se sentaba a la orilla de la ventana, a punto de la inconsciencia, ordenaba: ‘abran eso, cierren aquello, saquen los huevos’, por otro lado mi papá saludando a sus compadres, ya casi en la mitad del viaje iban todos curados, eso sin contar las estaciones de excepción que tenían un barcito o un lugar donde ir a comer unos 15 minutos, mientras esperaba el tren, y cuando partía de nuevo era un verdadero desastre, algunos colgando, otros corriendo detrás, hasta que por fin…¡llegábamos a Cartagena!, casi a la orilla de la playa, pero era necesario bajar hasta la playa. Los viejos se tiraban del tren con una frazada y corrían para alcanzar un huequito en la arena, rápidamente bajando el bracero, los canastos, el carbón, el pan, la tetera, ¡ufff!, y nosotros de terno, apretándonos la guata porque habíamos comido tanto y queríamos ir al baño.

Pero, no importaba; llegábamos y estaba el papá con la frazada puesta, paraba unos palos, armaba un toldito, y mi pobre mamá con el bracero, los canastos, la tetera.

Mi padre entraba a la carpita y salía con un traje de baño de lana, ¡fanático para el agua!, imagina la estampa.

Nos ponían el traje de baño, comíamos, entre paréntesis, siempre nos preguntaban; ‘¿qué tal lo pasaste en el viaje a Cartagena?’, “¡Regio!”, respondíamos nosotros, comiendo pollo con arena, huevo con arena, pan con arena, lechuga con arena; con el viento te crujían los dientes, o creo que la mayoría de nosotros tuvo los dientes gastados, por el arena.

Mi papito salía del agua, se sacudía el arena con un pequeño movimiento, rápido, se ponía su terno y desaparecía, partía con los compadres para los bares, allá, arriba, y era importante estar listos, tipo 4 ó 5 de la tarde porque el tren estaba puesto a esa hora y había que tomar asiento. Aparecía mi papá y corría: ‘¡yo voy!’, y lo observábamos mientras era perseguido por 5 ó 6 papás más.

Llegábamos cansadísimos, durmiendo, rojos como pancoras, a medianoche, la pobre mamá arrastrándonos, con las maletas, las ollas, los canastos y todas las cosas que llevamos, mientras tanto mi papá se despedía de sus compadres: ‘¡ya, mañana nos vemos compadre!’, era domingo y al otro día se trabajaba, como siempre.

Me tiraban a la cama, me desvestían, dormía.

Esos eran los paseos a Cartagena. Cuando mi mamá escuchaba de esos famosos paseos…se derrumbaba”.

 

Historias y Memorias Archivo N° 10

 

EL BARRIO SANTA MARTA

Por: Ruby Saavedra Vergara

Profesora de Estado en Historia, Geografía, y Educación Cívica de la Universidad de Chile, escritora e integrante del Centro Literario Ateneo de San Bernardo

Soy nacida y criada en San Bernardo, en esta misma calle, Balmaceda, al otro lado de la línea del tren, frente a la Escuela de Infantería, después llegamos a esta población que fue inaugurada por Ibáñez.

Cerca de aquí vivió el gran ciclista Juan Pérez que murió sin reconocimiento, lamentablemente.

En una de las casas-quinta funcionaba el centro cultural de la población Santa Marta y podríamos decir que fue la primera parcelación del fundo La Portada.

Una de esas casas era frecuentada por políticos Radicales, mientras que en otra de las quintas vivía el doctor Feliú donde llegaban muchos intelectuales, entre ellos los hermanos Fontecilla, hijos del dueño del fundo La Portada, uno era poeta y el otro músico, además de abogados.

La historia de esta población está ligada a la Escuela de Aviación cuando pertenecía a San Bernardo.

Mi padre murió en un accidente, era muy alocado y sospechábamos que algo malo podía pasarle en cualquier momento porque tenía la mala costumbre de subirse al tren en marcha.

El accidente ocurrió durante un paseo, en Peumo, donde vivía una prima de mi mamá que era casada con el Jefe de Estación.

En esa ocasión, unos mellizos celebraban su primera comunión y mis papás eran sus padrinos.

Viajamos en vísperas de Año Nuevo; lo habíamos pasado muy bien y de regreso, un 3 de enero, mi papá, como siempre, se demoró más de la cuenta en abordar y mientras tanto nosotros con mi mamá alegábamos arriba del tren que se puso en marcha y luego se detuvo.

A continuación una tía nos dice que no bajemos porque mi papá se había caído y un carro pasó sobre su pierna.

Resultó herido de gravedad y durante la operación perdió mucha sangre porque no le aplicaron un torniquete oportunamente.

Tenía apenas 37 años y yo con mi hermano, de 12 y 13 años, terminando la infancia y comenzando la adolescencia.

La vida de nuestra madre no fue fácil; enfermó cuando esperaba al cuarto hijo, además mi hermanito de 6 meses había muerto y quedamos en poder de mi abuela.

Pensamos, al verla tan mal, que la perdíamos ya que vivía encerrada con problemas de salud.

Con ella vivimos en una residencial en el mismo lugar donde funcionó la Casa de Cultura Artística de San Bernardo, una casa grande de calle Arturo Prat.

En ese tiempo mi hermano tomó la decisión de internarse y postular para seguir la vocación de sacerdote e hizo su noviciado en los Claretianos, cuando tenía 15 años.

Él hizo la preparatoria en el liceo de hombres y yo en el de niñas y recuerdo que pasábamos en huelga, por eso una pariente de buena situación económica (prima de mi abuela), era benefactora de los sacerdotes, consiguió una beca en Los Claretianos, un colegio que estaba ubicado en el paradero 9 de la Gran Avenida.

En los Claretianos la educación era muy completa, sin embargo una vez que se retiró tuvo que volver al liceo de hombres y adaptarse.

A los 4 años decidí que sería profesora, porque vivíamos frente a la Escuela 2, por Urmeneta y veía salir y entrar a las niñas de ese lugar.

En ese tiempo no se podía ir al colegio hasta cumplir 7 años de edad, y tuvimos la suerte de conocer a un amigo rotario donde arrendábamos, que hizo las gestiones para que me inscribieran a los 6 años y para que mi hermano hiciera el Kindergarten cuando estaban recién apareciendo en Chile.

Siempre me gustó el “saber”, todos pensaban que era agrandada para mi edad, debe ser porque mi papá venía a almorzar y veíamos las noticias, el “Reporter Esso”; teníamos que estar en silencio, como era antes, y me llamaba la atención lo que ocurría en Chile y el mundo.

En esa época estaba el contexto de la Guerra Mundial, yo nací cuando empezaba la Segunda Guerra, el año 39, después los años 44,45 y 46, después vino lo de Corea.

A mi papá le pedía que comprara las “Selecciones del Reader’s Digest” en vez de las revistas de monos como era el común de los niños.

Así comenzó todo, después en el liceo de Niñas, cuando entré a Sexto de Preparatoria y Primero de Humanidades, en general me gustaban las Ciencias Sociales y la Geografía.

Mi madre siempre fue buena para la Geografía; tengo sus certificados de Preparatoria (antes se llamaba “Secciones”), y sus notas eran excelentes, además cuando nos esperaba en el vientre repetía que nosotros íbamos a hacer todo lo que ella no pudo y una de esas cosas era ser profesora.

También me gustaba la Biología, la Física, las Matemáticas, lo que me sirvió para estudiar la geografía, por los mapas y dibujos que teníamos que hacer, mientras que mi hermano era más Humanista, él ha sido mejor para el Castellano que yo.

Con mi hermano estudiamos gratis en la Universidad, pese a que éramos hijos de una madre viuda, la Universidad de Chile tenía tres tramos; uno para las familias de mala situación económica que no podían pagar, otros que sí y algunos sólo la mitad y nunca hicieron una diferencia porque era un sistema democrático con profesores excelentes, tuve a Juan Gómez Millas y Sergio Villalobos, aunque éste no nos gustaba mucho porque era muy “creído”, comparado con los catedráticos que mientras más sabios eran, más sencillos se comportaban.

En general, los colegios de San Bernardo nunca fueron muy buenos, yo estudiaba por mi cuenta, los profesores iban muy atrasados en las materias e incluso algunos enseñaban erradamente, eso lo supe después cuando hice la práctica en liceos más renovados y experimentales.

La educación pública no ha sido de las mejores, porque está entregada al comercio y en un país subdesarrollado, la educación y la salud no pueden estar en manos del mercado, tan simple como eso y nadie puede desmentir los hechos históricos, por eso el futuro lo veo muy mal y lo digo en mi último libro, sin embargo ojalá me equivoque.

He escrito y publicado varios libros, sobre inteligencia emocional, términos jurídicos y ecología, por ejemplo el primero se llamó “La Tierra Amenazada” con el que gané dos premios municipales de literatura, primero en obras inéditas y después en obras publicadas. En él hablo sobre las 10 plagas que nos amenazan; los problemas de la atmósfera, la contaminación, la pérdida de la capa de ozono, la contaminación de los alimentos, la erosión de la Tierra, el exterminio de las especies, de animales especialmente; en Chile hay varios casos, por ejemplo el de un hombre en las Termas del Flaco que iba por toda la zona cordillerana recogiendo especies silvestres; culebras, arañas y lagartijas para exportarlas a Europa.

¿Sabías que Chile ha exportado millones de lagartijas que cumplen una función ecológica fundamental, al igual que las culebras que mantienen a raya a los ratones?, y por si no sabes Santiago tiene 5 ratones por cada habitante; si somos 6 ó 7 millones, como promedio, convivimos con 35 millones de ellos.

Llevo trabajando más de 40 años en temas de medio ambiente; hago mis letreros y voy al Cajón del Maipo para que la gente no vaya a botar animales, he hecho campañas aprovechando cartones y con los mismos hago juegos de dominó y tablas de multiplicar para los niños.

En San Bernardo hago 5 voluntariados, entre ellos de ecología y para recoger animales atropellados, después se los llevo a un veterinario amigo que cobra barato.

Cada vez que camino al centro recojo botellas plásticas y de vidrio para dejarlas en el centro de reciclaje. Algunas profesoras jubiladas me dicen que deje de “tontear” y que me dedique a pasarlo bien, que ya he trabajado por este país sin recibir pago alguno, pero yo les digo que es un privilegio hacer voluntariados.

Mi familia también me pregunta por qué no tengo un televisor moderno, por qué no tengo esto o lo otro, incluso dentro de poco me voy a deshacer del auto porque estoy aburrida de manejar. Antes andaba en bicicleta, pero ya no la uso por mi enfermedad en los huesos.

Para ser profesor, primero hay que tener amor por el conocimiento, una no se tiene que cansar de saber y saber, tenemos que ser especialistas en enseñar.

He recibido varios premios, entre ellos municipales, de medio ambiente, como mujer destacada de San Bernardo, en el Liceo de Niñas el año 2000, también he participado en dos centros literarios, en el Ateneo y en el Chena Mario Ferrero, donde lo conocí junto a Jorge Jobet, dos escritores extraordinarios.

Así es mi historia en San Bernardo, una ciudad con mucho ruido, donde existe mucha desconfianza, pese a que antes las casas no tenían rejas y vivíamos más tranquilos.

Eso sí, esta villa ha sido poco unida, muchos se han ido, otros han muerto, además antiguamente los militares resguardaban las casas de los oficiales y eso fue cuestionado por las personas.

Como mensaje, puedo decir que nunca dejen de luchar por la justicia, porque Chile es uno de los países más injustos del mundo y la injusticia es la base de la intranquilidad social. Una sociedad más tranquila no necesariamente es la más rica; muchos quieren que Chile sea más rico y yo aspiro a un país que sea más feliz y humano.

Hace mucho que dejé el consumismo, por ejemplo no conozco los Malls y siempre me consideré libre para hacer mis cosas; les hablaba a las niñas de todo, organizaba reuniones especiales con los padres, incentivándolos para educar a los hijos para la libertad.

Para terminar, quiero recordar un hecho de tipo arqueológico que me parece interesante.

Fue una tarde, no recuerdo por qué estaba esa mañana en mi casa y por qué no tenía clases, el asunto es que don Francisco estaba haciendo un despacho en vivo a través del canal 13 en la orilla de la carretera, frente a Carozzi, en una excavación arqueológica encontrada mientras realizaban trabajos en ese fundo.

Hallaron un cementerio indígena con cacharros y cuerpos, es decir un contexto funerario.

De inmediato partí en la Citroneta al sitio del hallazgo y al llegar me encontré con don Francisco instalado allí, transmitiendo en directo y conversando con arqueólogos y antropólogos; más allá unos estudiantes sacaban cosas con unos instrumentos muy finos.

Pude ver momias, aríbalos de influencia inca y diaguita, tomando en cuenta que los indígenas de la zona central no eran tan avanzados en alfarería.

Me impactó la forma de trabajar de los arqueólogos, la acuciosidad para sacar cacharros y cuerpos con una espátula, en un espacio de 30 por 40 metros, aproximadamente.

Supuestamente los descubrimientos fueron llevados al Museo de Historia Natural.

 

Historias y Memorias Archivo N° 9

 

MI QUERIDO “LO HERRERA”

Por: Fresia León Moreno

Destacada folklorista

Quiero que conozcas la hermosa capilla patrimonial de El Barrancón, es muy antigua, dicen que era de los Jesuitas, ellos compraron varios terrenos en Calera de Tango y donaron éste donde se construyó la parroquia.

Es un lugar muy querido porque la gente de campo viene a misa y tiene la oportunidad de compartir en familia.

Cuentan que durante la independencia de Chile, Manuel Rodríguez arrancaba de los españoles usando varios túneles que abarcaban la zona de El Barrancón y se escondía en esta capilla.

Los ancianos nos contaron que el revolucionario Manuel venía a buscar a los campesinos que trabajaban en los fundos para pelear y los patrones los escondían en el cerrito de los mormones porque necesitaban mano de obra para trabajar la tierra.

El guerrillero quería llevarse a toda la gente de este sector pero no pudo hacerlo.

Como hace 40 años atrás venía a la capilla con mis hijos a reuniones y convivencias, también cuando interpretaban danzas religiosas y canto a lo Divino; la gente era muy sana y buena.

Esto es lo más hermoso que tenemos aquí en Lo Herrera, a pesar que parte de ella se cayó para un terremoto y unas personas compraron estos terrenos y se hicieron cargo de restaurarla. Así es nuestra historia, tenemos cosas hermosas y no sabemos valorizarlas.

Ahora que tengo 74 años estoy aprendiendo más de nuestra historia, motivada por saber dónde estamos y dónde vivimos.

Antes, las calles eran de piedra, las casas de adobe (todavía quedan algunas), nos metíamos a puros tierrales, no había casi nada.

Una sola micro salía a San Bernardo, la gente la esperaba, viajaba apretadita, echaban de todo arriba del cacharrito viejo que manejaba don Pepe sólo dos veces al día, nada más.

Estaba la pulpería que traía algunas cositas, sin embargo la mayoría de las personas preferían ir a San Bernardo a pie para comprar víveres.

Nunca faltó, eso sí, harina, aceite, azúcar y ese tipo de cosas ya que éramos un asentamiento y nos abastecíamos.

Mi familia siempre fue del campo; fui y soy campesina, era de las que me metía a “pata pelada” a las acequias para regar.

Nací en La Palmilla, mi marido era de Calama y mis hijos nacieron todos acá, en Lo Herrera, ahora son grandes y dedicados al comercio.

Mi vida fue muy sufrida, tuve que trabajar como un hombre para tener nuestras cosas, por eso sembrábamos porotos, lentejas, arvejas, verduras, zanahorias, acelgas para llevarlas al Mercado Municipal de calle Covadonga, también entregábamos nuestra mercadería en la feria de J.J. Pérez.

Estos terrenos los conseguimos a través de la Reforma Agraria, eran haciendas y fundos grandes, por eso se echa de menos tener más tierra para sembrar, nos hace falta el campo que ahora se está terminando porque se están construyendo muchas casas y con esto se nos provoca un daño muy grande.

Necesitamos un campo grande y libre, para que nosotros, los ancianos y nuestros niños podamos seguir comiendo verduras frescas.

Ya no nos queda nada, todo se ha echado a perder, incluso el sistema de vida no es el mismo, la gente empezó a vender sus terrenos, muchos se han ido y vamos desapareciendo de a poco.

Pese a todo, como familia mantenemos vivo al folklore, por ejemplo mi hija, Jéssica Valenzuela, desde chiquita, tenía apenas 12 años y ya era folklorista, yo también, en el Valle Lo Herrera, mis nietos estudian en Valparaíso y son de las Tunas.

En Lo Herrera hay muchos folkloristas, muchos conjuntos y familias que conocen a San Bernardo como la “Capital del Folklore”.

Es hermoso, porque han sabido reconocer lo que es de nuestra zona, de nuestro país y sobre todo la música chilena para que los niños aprendan más de su folklore y lo valoricen.

Por ese motivo mi hija le puso a su restaurante “El Rodeo”, que está ubicado en Eliodoro Yáñez con El Barrancón, ya que ella era cantora de rodeo y ahora, gracias al folklore es conocida por todo Chile.

Mi esposo cantaba mucho, tocaba la guitarra y le enseñó a mi hija cuando tenía 10 años durante las trillas que eran a “puro caballo”. De pronto la sentaba arriba de un fardo de paja con una guitarra chiquitita que le compró, y así empezó.

El folklore me rejuvenece, me da vida y alegría, cuando escucho a mi hija y la veo tocar el arpa, se me pone la carne de gallina.

Cómo me gustaría que los jóvenes se integraran al folklore, que conozcan las raíces de Chile, lo que realmente somos.

Acá, en el restaurante servimos comida típica, por ejemplo los buenos perniles, los arrollados, la cazuelita, la empanada, los porotos con rienda, las pantruquitas, prietas, la carbonada, todo eso lo hacemos, todo es típico chileno.

Este lugar era pequeño, mi hija lo restauró, era una casita apenas y tenía deseos de poner un restaurante, ese era su sueño y ahora se cumplió. Aquí la gente viene a disfrutar de una buena comida criolla y campesina, como debe ser.

Reconozco que soy buena cocinera, por algo trabajé con mi hija 14 años en la cocina y además bailando, porque el baile lo iniciamos acá; mi hija me decía “¡mamá, sáquese el delantal y venga a bailar una cueca!”, luego dejábamos bailando en la pista a dos o tres parejas y regresaba a la cocina para preparar los platos que había que servir afuera.

Te digo que el secreto para una buena cazuela está en ponerle harta verdura, con buenos ingredientes, no tantos aliños, después un buen pedazo de choclo, porotos verdes, papas  grandes y carne.

Las empanadas las hacemos con carne picada, no molida, cebollita (no tanta), porque ahora le ponen mucha, eso sí bien aliñada con un poquito de ají picante, bien jugosita.

Podría estar hablando el día entero del campo y de Lo Herrera, por eso pido que lo cuiden, que no maltraten a este pueblo, es de lo más bello y si nos va quedando poco campo, no importa porque nos va quedando mucho folklore…

Yo vendo unos ojos negros / ¿quién me los quiere comprar? / Los vendo por hechiceros, porque me han pagado mal / Más te quisiera, más te amo yo, y toda la noche lo paso suspirando por tu amor”.

Fresia León Moreno

 

Historias y Memorias Archivo N° 8

 

SOBRE LOS CIELOS DE SUECIA

Por: Ginette Ávila

Nieta de Roberto Ávila Márquez, Obrero Ferroviario de la Maestranza de San Bernardo, detenido y asesinado por una patrulla militar de la Escuela de Infantería en octubre de 1973.

Diciembre de 1987.

Sobre los cielos de Suecia la ciudad de Estocolmo es apenas un punto borroso. Desde la ventanilla del avión se distinguen luces y nieve, como en la paleta de un pintor desparramando colores hasta llenar el vacío, tal como lo hace una vida que escapa desde San Bernardo, para terminar sobre la inmensa pista de aterrizaje.

El primer pensamiento de Ginette Ávila fue: “Aquí yo no quiero vivir”.

La nieve le llega a la rodilla; apenas camina, casi flotando, como en un sueño, cortando el frío, aferrándose a la mano de su madre y tras ellas leves siluetas de edificios modernos.

“Me trajeron igual”, pensó, recordando su casa en San Bernardo, el Valle Verde, mirando al Chena.

“Todo era hermoso en Suecia, pero quería volver, vivir allá, al lado del canal, con mi gente, jugar a la pelota, al pillarse, con mis compañeros de liceo. Eso quería”, recuerda la entonces niña de 16 años, nieta de Roberto Ávila Márquez, obrero ferroviario de la Maestranza de San Bernardo, detenido por una patrulla militar de la Escuela de Infantería de San Bernardo, trasladado al cerro Chena, torturado y asesinado en octubre de 1973.

“Fue uno de los peores años de mi vida, lloraba todo el día, pensando cómo volver a Chile. Escribí las mejores cartas de cariño a todos mis amigos, porque era una forma de desahogar mis penas.

Cuando estás afuera recuerdas todo, y sin querer, con el tiempo empiezas a idealizar mucho a los lugares, las personas, pues así es como recuerdas las cosas buenas. Poetizas tanto que te vas formando un mundo perfecto, imaginando Chile, mi población, mi gente, hasta que llegué a un punto donde me vi en la obligación de estudiar el idioma y comunicarme, porque había que hacerlo, para ayudar a mi madre que tenía 45 años, y apoyarla. Así fue”, cuenta.

“Me fui con mi mamá, en mi casa éramos 6; papá, mamá, y mis hermanos Roberto, Verónica, Marcos y yo; mi papá falleció cuando tenía 13 años, por lo tanto mi mamá quedó viuda muy joven, mi hermano Roberto ya se había ido a Francia antes que papá falleciera, mientras que Verónica y mamá sostenían la casa, compraban la comida, Marcos estaba estudiando, pero después dejó de hacerlo e iba a cortar fruta o a hacer algunos pololitos.

La situación económica se hacía insostenible y mi tío David, cuñado de mi mamá, hermano de mi papá, envió a buscarnos”.

Desde su casa, en Gränna, Suecia, intenta reconstruir sus memorias familiares, especialmente la de su abuelo maestrancino, un hombre de 59 años, admirado, querido y recordado por llevar la palabra de Dios a su comunidad.

Una calle de Villa Maestranza recuerda a su abuelo, junto a una plazuela interior, cerca de los talleres donde él trabajaba antes de ser detenido.

“Tenía dos años cuando mi abuelo murió. Crecí escuchando sus historias de labios de mi mamá, de mi papá, mis hermanos mayores, sin embargo no tengo una memoria directa de él, de esa manera, pero es tanto lo que he escuchado que en cierta forma esas memorias son parte de mí, las he ido construyendo, con especial cariño. Él era una buena persona”.

Ginette descorre el velo de la cortina, abre la ventana y mira al lago Vättern. Deja entrar la prodigiosa luz que invade un rincón especial de su casa, repleto de fotografías y un objeto que atesora por sobre todas las cosas; un mortero construido por su abuelo en la Maestranza el día que sus padres se casaron.

Mi mamá cuenta que mi abuelo siempre era muy apegado a su familia. Tenía una rutina en las tardes visitando las casas de todos sus hijos, dando las buenas noches. Era una vuelta cortita, y la última casa era la de mis papás.

Yo, era la guagua de la familia Ávila, la nieta de dos años que abrazaba a “Tito”, no le decía abuelo ni nada. Él, con una sonrisa decía ‘mi Cachupina, va a salir puntuda cuando sea grande’, y cuando se iba le gritaba ‘chao Tito, chao Tito’, eso le causaba mucha gracia. Recuerdos que atesoro”.

“Cuando tenía 20 años, me llama mi tío que vive en Holanda y me cuenta que habían aparecido los restos de mi abuelo Roberto, Tito como lo llamaba.

‘Creo que sería bonito y simbólico que fueras a Chile porque eras la regalona de tu papá y creo que él hubiera querido que estuvieras allá’, dice mi tío, porque yo también quería ir.

Después de 4 años, tomé un avión rumbo a Chile, para acompañarlo en una hermosa ceremonia que se realizó en el Gimnasio Ferroviario.

Él fue encontrado junto a dos campesinos que también fueron torturados y asesinados en el cerro Chena. Muchos años después aparecieron sus restos y pudieron identificarlos.

Después de la ceremonia y con mucha emoción lo llevamos a pie caminando hacia el cementerio, en un cortejo multitudinario.

Así, me quedé diez meses en Chile, en San Bernardo, visitando a mis familiares, recordando mi casa en el Valle Verde.

A mis 20 años hice todo lo que quise hacer; fui a una kermesse, fui a una protesta, a comer mote con huesillos a la playa, mochileé e hice todo lo que pude, a tal punto que me pregunté, realmente, dónde quería estar, o quedarme y ver la posibilidad de trabajar, o regresar a Suecia, pero me di cuenta que la diferencia era brutal. Por mucho que trabajara no iba a tener la posibilidad de tener un departamento, vivir sola y mantenerme con ese sueldo, por lo tanto en medio de la angustia reconocí que en Suecia podía vivir mejor que en Chile”.

“Mi abuelo fue desaparecido, torturado y se tardó años en encontrar sus restos, pero siento que no sirvió de mucho, con el tiempo la gente ha ido borrando eso; recordarse de porqué sucedió lo que sucedió, cuál es la finalidad, con toda esa protesta, con esas ganas con que el pueblo luchó, siendo valientes, parándose frente a los militares para decir ‘esto pienso yo’, entregándose a los ideales, porque hay que ser muy valientes para hacer algo así y jugársela por completo. Nadie más lo ha hecho, nunca más se repitió”.

“Mi abuelo participaba en una iglesia evangélica y me siento orgullosa de eso, porque yo era su nieta, la nieta de Roberto Ávila, su imagen y semejanza. Porque yo iba a ser tan buena y noble como él.

Siento que se ha perdido eso; recordar a las personas con ese orgullo por lo que fueron, por lo que ellos lucharon y dieron su vida. Ahora la gente lo ha borrado para sacar beneficios propios.

¡Mira cómo está Chile!, no hay ayuda para los viejitos, no hay ayuda para la gente que realmente necesita, para gente honrada y trabajadora, que lucha, esforzándose día a día para ser mejores personas, sin embargo tienen todo en su contra. Así veo a Chile, porque das dos pasos y tienes que retroceder uno todo el tiempo, te cuesta avanzar”.

“Mi mamá decidió regresar a San Bernardo, siempre dijo que quería morir en Chile; juntó dinero, se compró una casita y se preparó para vivir su vejez. No le falta nada, no tiene grandes riquezas, pero vive bien, tiene techo, comida, se ve feliz, tiene su jardín, sus vecinas y eso la hace feliz”.

Los recuerdos más íntimos de Ginette Ávila se quedaron para siempre en San Bernardo, en torno a su barrio, el Valle Verde, una toma de terrenos que prosperó gracias al trabajo de cientos de pobladoras y pobladores que auto construyeron sus casas, buscando un futuro mejor, casi al final de calle Eyzaguirre, a los pies del Chena.

Ve a su padre, llamado también Roberto, acompañado de una guitarra, con sus mejores amigos, rodeado de gente en su cumpleaños, también lo ve sufrir, buscando a su padre de forma desesperada, frustrado, abatido por el alcohol, cansado.

“Todo lo aprendió de mi abuelo, era muy bueno para soldar, construir casas, techos, rejas, le iba muy bien en el trabajo, inclusive la gente de mejor situación económica lo contrataba junto a su conjunto musical para cantar en fiestas, matrimonios y eventos, me acuerdo cuando llegaba nos poníamos felices porque siempre llegaba con pedazos de torta, asados, comidas y cosas ricas que le regalaban”.

“Mi casa era humilde, simple, acogedora, teníamos un pequeño patio, una cocina, y un living comedor donde nos encontrábamos.

El barrio era bonito, la vida era bonita, todos eran generosos y había empatía entre los vecinos, todo el mundo ayudaba cuando alguien moría, organizaban una colecta, después preparaban sopita, sándwiches, se calentaba café en la noche para servirle a los vecinos, ayudaban a la viuda llevándole mercadería todos los meses para que se afirmara mientras tanto, eso de hoy por ti, mañana por mí.

Los fines de semana te arreglabas para ver al niño que te gustaba, salías a jugar sin miedo al pasaje con tus amigos hasta la hora que la mamá te daba permiso, y si veías que comadreaba con la vecina, entonces…tenías chipe libre. Era bonito, se vivía bonito”.

“Pienso en una bicicleta, porque simboliza al obrero ferroviario maestrancino, ellos andaban mucho en ellas, en esas grandes, antiguas.

Quisiera poner una bicicleta en el cerro Chena. La idea de mi tío que vive en Holanda es pedir que se tocara el pito de la Maestranza, pero desde la cumbre del Chena, para que sonara en honor a los maestrancinos que fueron desaparecidos y de esa manera rescatar la memoria, en honor a ellos”.

 

Historias y Memorias Archivo N° 7

 

AYER, NO MÁS

Por: Joel Acosta

Actor, instructor teatral (Teatro Universidad de Chile), cronista, escritor, escultor (Escuela de Canteros y Ornamentación), obrero ferroviario maestrancino

Después de casi cincuenta años de trabajo pasé a integrar el progresivo e ineludible  mundo de los “jubilados, sector pasivo ó tercera edad”, como somos calificados en la jerigonza de la estadística.

Cincuenta años no es una cifra menor. Me ha costado  encontrar la respuesta cuando se me pregunta por mi ocupación u oficio. Sin embargo pertenecer a las recientes denominaciones tiene sus recompensas, como por ejemplo que, a veces (pocas, pero a veces) nos ceden el asiento en el bus, rebaja en el valor de la entrada en algún teatro o cine, fila y atención preferencial en bancos u oficinas públicas, ausencia de Jefe y horario. Queda mucho tiempo libre para rebobinar aquellos recuerdos de años pretéritos donde vivir era una fácil obligación.

Sigo siendo habitante del mismo pueblo donde nací, hoy transformado en una ciudad, que  ha copiado lentamente la triste imagen de las grandes urbes. Digo pueblo porque caminé por alguna de las calles de tierra sin alumbrado público, con acequias de agua cristalina que regaban huertos y frutales en  patios de casonas solariegas. Un pueblo donde el almacenero de la esquina  era el informante oficial de las novedades; donde todos se conocían a lo menos de vista; donde los domingos después de Misa, nos deleitábamos con las interpretaciones musicales del Orfeón militar de la Escuela de Infantería; un pueblo de no más de diez o doce cuadras a la redonda saliendo desde la Plaza de Armas hacia los cuatro puntos cardinales, a la usanza de la planimetría española; un pueblo donde la chiquillería, cumplidos los siete años, eran matriculados en la escuela más cercana a su barrio.

Escuelas Primarias se denominaban y gracias a la Ley que indicaba la obligatoriedad de la instrucción se crearon colegios en las comunas quedando a cargo de  un profesorado preparado en las Escuelas Normales de Preceptores. Profesores y Profesoras con verdadera vocación de Maestros. Corría el año 1920 y la educación era una atención preferente del Estado.

Tiempos de “Preparatorias y Humanidades “. Seis años en cada estadio. Mi Profesora en la Escuela Mixta N° 7, donde cursé de Primero a Cuarto, fue la Señorita Olga Martel. Dama robusta  vestida eternamente con una especie de delantal gris orlado de un cuello blanco. Todavía me asombra su capacidad de identificar por su nombre a cada uno de sus alumnos. Su rostro me recuerda alguna de las madonas de Goya.

Albergaba la Escuela  una antigua casona,  esquinada entre  las calles Pérez y Prat, a una cuadra de la estación de trenes.  Su arquitectura interior,  la distribución de espacios, distaba mucho de los requerimientos de un recinto educacional. Seguramente había sido la morada de una de las tantas familias aristocráticas de Santiago que hicieron de la Villa de San Bernardo un lugar de descanso, por las características y bondades de su “aire fresco y tranquilidad” de las brisas del Maipo, río fronterizo que cruza al sur de la comuna.  Esto ocurría a finales del siglo 19, época en que se construyeron hermosas viviendas,  generalmente copiando el estilo neo- clásico imperante en la época.  Hoy la Escuela N° 7 no está y en su lugar un terreno baldío se viste de vez en cuando con la carpa de algún circo.  Cada vez que transito por sus cercanías creo escuchar el jolgorio de los niños en la hora del recreo, en un patio de tierra donde el único árbol existente, un olivo centenario de tronco retorcido, prestaba sus ramas para que los más osados demostraran sus habilidades de trapecistas  deslumbrando a las niñas.

Guardo una fotografía captada en el frontis de la galería de la Escuela. En tres niveles, como se acostumbraba, posan para la posteridad  diecisiete niñas y treinta  niños  del Segundo año B. Allí está inmortalizado uno de los mejores recuerdos de una infancia ya tan lejana y feliz.

Durante el tiempo que mantuve mi dependencia laboral poco era el tiempo libre que me daba para recorrer las calles de un San Bernardo, que ha ido cambiando rápidamente hacia una modernidad que no tolera mucho la conversación pausada con el amigo en la esquina del barrio. Las antiguas tiendas y almacenes han desaparecido un poco avergonzadas por la ostentación de las grandes marcas que tapizan de letreros la calle Eyzaguirre, que perdió su aplacible bondad de paseo.

Hoy en mi nueva condición de  ente “pasivo” , busco una que otra excusa para caminar hacia el centro de la ciudad y he descubierto la transformación que está sufriendo. Las cuatro o cinco cuadras hacia los puntos cardinales que apuntaban las esquinas de la plaza de armas, ahora se prolongan y conectan el tejido poblacional que creció ocupando tierras donde existieron chacras, lecherías y huertos  que conformaban un cordón que abastecía los verdores para las Ferias Libres de los jueves y domingos en la calle Pérez, convertida hoy en una arteria por donde parece que circulan todos los autos colectivos del mundo en una loca  carrera de bocinazos. Me cuesta entender la lógica del taxi colectivo transportando cuatro pasajeros por, a veces, no más de  ocho o diez cuadras, que podrían recorrerse mediante el ancestral y simple mecanismo de caminar, o pedalear. Y gratis.

En mis andanzas por estas calles he descubierto con mucha alegría que algunos compañeros inmortalizados en la foto del Segundo “B” siguen avecindados en algún espacio que la modernidad les ha dejado. La casona de dos pisos de Prat y Maipú donde vivió el Lucho Villanueva y su familia es ahora un restorán especializado en una comida llamada “suchi”. El Lucho vive ahora en una de las tantas villas de los alrededores y mantiene vigente la única Reparadora de Calzado, que existe en el centro de la ciudad  y es herencia de su padre. Paso a veces a visitarlo y nos intercambiamos datos de  enfermedades, reales o imaginarias que nos afectan ó afectarán, dándonos mutuos consejos de fármacos y doctores, que a juicios personales nos han salvado la vida, y que además atienden por Fonasa y por orden de llegada.

Otros ya han sido llamados a rendir cuentas, acontecimiento que siempre me entero tardíamente y pierdo el rito del velatorio, funeral, sepultación y la posterior visita al bar “Quita Penas” que aún sobrevive al frente del longevo Cementerio Parroquial que sigue acogiendo el reposo eterno de los que dejan este mundo  a pesar de la competencia que enfrenta con los modernos Parques del Recuerdo,  instalados en los alrededores de la ciudad, en grandes espacios que fueron tierras de cultivo del ayer rural que vivíamos.

Me he enterado de algunos que emigraron cuando se produjo el quiebre institucional en el país y espero que algún día regresen para darnos el abrazo pendiente y esperanzador.

 

Historias y Memorias Archivo N° 6

 

MI QUERIDA MAESTRANZA

Por: María Irene Olate Martínez

Maestra de Castellano. Hija de don Víctor Alejandro Olate Urrutia, Jefe del Taller de Herrería hasta el año 1969. Un maestrancino de corazón, que amó su trabajo, su Maestranza y su familia; un trabajador reconocido y apreciado por sus pares, jefes y dirigentes.

Para mí la Maestranza de San Bernardo, es muy importante y significativa hasta estos días en que ya tengo 70 años. Debo comenzar contando que; mi abuelo materno, don Juan  Martínez Fuentes, trabajador de la Planta a Vapor, mi tío político don Pedro Flores Abarca, del Taller de  Electricidad, don Óscar Conejeros Pérez, del Taller de Fundición y padrino de mi hermana menor Teresa Olate, y por supuesto don Víctor Olate Urrutia, mi amado padre, Jefe de Taller de Herrería, fueron funcionarios de la Maestranza por muchos años, como también destacados dirigentes sindicales. Como se puede apreciar tuve gran cercanía y familiaridad con nuestra querida Maestranza.

En Libertad 1195, esquina de calle Maestranza mi abuelo materno, tenía un gran negocio de abarrotes, donde también se les ofrecía pensión a los maestrancinos, así les llamaban, venían de otras comunas. Fue así como se conocieron mis amados padres.

Mi recuerdo más relevante, entre muchos, era el sonido de la sirena a las 12 del mediodía, cuando los maestrancinos salían con sus bicicletas o de a pie para ir a almorzar con sus familias.

Yo esperaba para ver a mi padre en la puerta de mi querido colegio, La Escuela Superior de Niñas N° 4 República del Perú, en ocasiones me llevaba en su bicicleta a casa. Allí realicé mis primeros pasos educativos, donde fui muy feliz.

A modo de anécdota, teniendo sólo 4 a 5 años de edad, cuando mi padre llegaba con su ropa impregnada de olor a carbón coke por su trabajo en la fragua, recuerdo que le decía “papá tienes olor a Taller de Herrería”…¡ja…ja…ja!

Él y mi familia reían de buena gana cuando me escuchaban.

Cada vez que viajo en el Metrotren y al pasar por ese lugar miro con nostalgia la puerta principal de la querida Maestranza, que felizmente, aún conserva su estructura, y mi queridísima, hermosa e  inolvidable Escuela.

Tengo muchos y hermosos recuerdos de la Maestranza de San Bernardo, sobre todo, para el día 17 de septiembre de cada año, en su aniversario; el recinto se engalanaba y nos regalaban ricas golosinas. Se realizaba una hermosa visita a la Maestranza con la familia, y cada trabajador recibía en su taller a los suyos. Con mis hermanos y hermanas vestíamos trajes nuevos para la ocasión. Lo que más me gustaba era entrar a la oficina de mi padre, para intentar formar algunas palabras con su máquina de escribir. Mi padre hermoso, me lo permitía.

Recuerdo que alrededor de los Talleres, había unas florcitas silvestres de color naranja, que me gustaban mucho, yo les llamaba “campanitas”.

También recuerdo los viajes que hacíamos en el tren al Litoral Central, Cartagena. Descendíamos en la Estación de San Antonio. Lo que más me gustaba era pasar por los túneles, y quedarme mirando la boca de éstos y los carros que formaban una serpentina viviente…era muy lindo todo eso.

Los “pases”, que así le llamaban, eran liberados para todos los funcionarios y sus esposas e hijos, por ser ferroviarios. Eran viajes entretenidos porque compartíamos con hijos e hijas de otros compañeros de trabajo y nos hacíamos de muchas amistades.

Tengo familiares que viven en Villa Maestranza, y cuando les visito recorro con tristeza, los vestigios de lo que fue esa maravillosa empresa. Con mucho dolor digo que pudo mantenerse, y hoy podría seguir existiendo, con todas las tecnologías que se conocen sería una provechosa y gran fuente de trabajo para miles de funcionarios, como en aquellos inolvidables tiempos.

Recuerdo también con nostalgia, la gran bigornia, fraguas y martillos grandes que había en el Taller de Herrería que dirigía mi padre.

Imagino la Maestranza como un hermoso y gran museo, con sus muros restaurados, esos muros que fueron fieles testigos del esforzado trabajo y compañerismo que existió en ese emblemático e inolvidable lugar, y que somos muchos y muchas quienes le recordamos con cariño y gratitud.

Volver a ese lugar donde se respiran bellos recuerdos de infancia , convertido en un gran Museo Ferroviario, sería muy grato y hermoso.

El paso del tren era muy especial para todos nosotros, cuando sonaba la sirena de la locomotora y se desprendía ese característico vapor.

Nunca he olvidado el ruido de las locomotoras.

Tengo entendido, que mi padre junto a sus trabajadores del Taller de Herrería, fabricaban las bielas, rieles y pernos que conformaban las vías.

Hoy tengo residencia en la ciudad de Rancagua, y en honor a aquellos recuerdos, cuando visito a mi familia en San Bernardo, me transporto en Metrotren, es como rememorar mi infancia y juventud.

Considero que soy sanbernardina de tomo y lomo, ya que nací y me crie en esa bella ciudad.

Agradezco a ustedes por darme la oportunidad de recordar y volver a emocionarme con tanto cariño, al rememorar estos pasajes de mi vida que llevo plasmados en mi memoria y corazón.

 

Historias y Memorias Archivo N° 5

 

LOS ANÓNIMOS DE MI AYER

Por: Joel Acosta

Actor, instructor teatral (Teatro Universidad de Chile), cronista, escritor, escultor (Escuela de Canteros y Ornamentación), obrero ferroviario maestrancino

Existen registros históricos de la ciudad de San Bernardo, ya extensa y magistralmente investigados y relatados por el Profesor Raúl Besoaín en su libro “Historia de la Ciudad de San Bernardo. Sin embargo la historia como ciencia toma los hechos y personajes más relevantes e influyentes en el desarrollo de una sociedad, de un grupo cultural, los analiza y da respuestas a los acontecimientos que han generado cambios, triunfos y fracasos.

Existe también el personaje anónimo, el acontecimiento casi privado, que solo quedó en la memoria colectiva o individual y que dejó una huella en una familia, en una persona, para finalmente perderse en el infinito del tiempo sin la trascendencia del personaje del actor principal.

Después de ser, durante mucho tiempo de su historia, un pueblo pequeño, donde todos o casi todos sus habitantes se conocían, a lo menos de vista, San Bernardo, a escasos 16 kms. , al sur de la capital del Reyno, ha crecido y se ha ido transformando en una ciudad con las bondades y debilidades de toda gran ciudad.

Algo de su ayer aún se mantiene en pie.

Recuerdo un San Bernardo apacible y casi bucólico, con sus espacios públicos,  con fronteras muy definidas por las calles Alameda (hoy Colón), Maipú, el Callejón de Martínez, (hoy San José) y la hermosa avenida Portales que aún conserva sus centenarios plátanos orientales formando un túnel de hermoso frescor; sobreviven también algunos magnolios de majestuosas flores veraniegas. Estas cuatro calles albergaban los hogares de  vecinos amables que necesariamente se conocían entre si y formaban una comunidad, casi rural,  protegida por los Cerros de Chena  y oxigenada por las brisas del Maipo.

Al interior, en algunas calles, sobre todo aquellas cercanas a la Estación, se erguían casonas de sobria elegancia arquitectónica, con grandes jardines protegidos por artísticas rejas de herrería, copiando los estilos franceses de moda de principios del novecientos. La Plaza de Armas con sus vastos jardines enmarcada por las cuatro calles principales forman  la cuadricula de indiscutible origen peninsular-colonial, era el centro de la reunión después de la Misa Dominical, donde se  apreciaba la articulación y la existencia de los distintos grupos sociales ya presentes en un pueblo que iniciaba un lento caminar hacia la modernidad.

Algo queda en pie, resistiendo los embates de una evolución en la que no tienen cabida los recuerdos, negándose al olvido. Una que otra casona donde rondan los fantasmas de las “grandes familias adineradas que venían desde Santiago a refugiarse de los calores de verano” (R.Besoaín). Ya casi no queda ninguna calle pavimentada con los típicos adoquines donde tamborileaban los cascos de los caballos tirando elegantes carruajes, callejas de tierra que sostenían el lento paso de las carretas tiradas por bueyes que traían desde los alrededores los aromas y colores de chacras vecinas.  Recuerdo las acequias por donde fluía el agua cristalina que regaba los verdores de las casas-quinta. Desaparecieron los coches-victoria que esperaban pacientemente al viajero que arribaba a la Estación y traía los mensajes del pariente del sur. Ya no están las “Boticas”, donde el farmacéutico transformaba en obleas casi mágicas la receta del doctor Humberto Pittari ; se cerraron  los “Emporios” y se enredo en el infinito de la memoria el suave aroma del café de higos, el frágil envoltorio del cuarto de azúcar rubia, el sabor prohibido del tentador sabor de la cocoa “Raff”; el biógrafo “Venus” existe solo en la memoria de los antiguos que navegan desorientados en una ciudad que se expande irracionalmente ocupando la fertilidad de los Llanos de Lepe; ya no están los leones que resguardaron durante tanto tiempo el paseo Colón y que a pesar de su fiereza permitían a los niños acariciarlos y volar hacia la selva de su imaginación creadora en su grupa de cemento; está cerrado el paso que nos permitía, de niños, ir a explorar, en las tardes de verano, los faldeos del Chena, o bañarnos libremente en el tranque, en cuyas aguas verde-barro habitaban, según nuestros mayores, unos engendros mitológicos llamados “cueros” que capturaban a los bañistas atrapándolos por los pies; ya no está don Ángel, dueño de una parcelita al frente de la población “La Lata”, al otro lado del canal, que nos daba trabajo para lavar zanahorias y hacer los atados. “De a ocho, cabritos, de ocho”, nos decía quizás contento de neutralizar y favorecer a los infaltables chiquillos que merodeaban sus frutales como zorzales de verano. Al final de la jornada, aparte de regalarnos algunas frutas de la temporada, nos  daba unos pesos, de esos de cobre, que rápidamente se transformaban en marraquetas fragantes o cocadas en el almacén de la esquina; ya no está el sonido grave y prolongado de la sirena de la Maestranza, que como matriarca orgullosa y severa llamaba a sus miles de trabajadores a iniciar su labor diaria, doblegando aceros y sanando las heridas de las locomotoras a vapor. Muchas de estas imágenes están en algún rincón de la memoria colectiva, otras permanecen en el valioso archivo de César Disi, el incansable fotógrafo que con  su cámara, casi mágica, eternizó rostros, personajes, espacios que ya no están, testimonios que faltan para afianzar la raíz de nuestra ciudad.

La historia real de San Bernardo, al igual que cualquier otro conglomerado social tiene el componente de la estratificación, una natural jerarquización, posiciones y status que se relacionan entre sí, a veces armónicamente, en otras generan conflictos que es necesario aceptar y generar las bases para soluciones integrales. (2) 

Nuestra ciudad entra al proceso de la industrialización y por lo tanto a cambiar como sociedad con la inauguración de la Maestranza Central, y su historia que se medía por siglos, pasa a la vertiginosidad del modernismo que es contradictorio a la sociedad tradicional. (3)

En 1926 la cantidad de operarios de la Maestranza alcanza a la cifra de 1087 trabajadores, según lo señala don Raúl Besoaín  (op.cit). Se incrementa rápidamente la población de la ciudad con trabajadores especializados que vienen de otros puntos del país y como es natural, la dinámica de la migración del campo a la ciudad genera cambios, a veces radicales, en la malla social existente, como también en la individualidad. San Bernardo crece y debe extender sus fronteras más allá del cuadrante primigenio llegadas trayendo costumbres, hábitos y anhelos diferentes. Nacen las poblaciones obreras claramente identificables en los alrededores de la ciudad, la Población Balmaceda, la Población Rosas del Sur, la población “La Lata”. Allí surgen otros actores y otros gestores anónimos en la morfología social, aumentando las zonas grises de la convivencia. La casa propia, sueño jamás soñado, inalcanzable para muchos en su origen campesino aparece de pronto creándole otras necesidades, otras urgencias. El Estado proporciona los mecanismos legales para que estas casas sean, en primer lugar lo suficientemente aptas para albergar a familias numerosas. Mediante la llamada “Ley Pereira” ; el obrero pagaba una cuota mensual fija expresada en pesos hasta finiquitar la deuda.  Grandes patios con riego diario de generosas acequias les permitía crear sus pequeñas huertas que ayudaban al sustento y les permitían recordar sus orígenes campesinos.

El obrero de la Maestranza inicia la construcción de sus espacios propios, surge el Club de Rayuela por allá por los años 1936 con don Alamiro Gómez a la cabeza, que vino solo del sur, donde quedó su familia esperando la esperanza y se “arranchó” en una pensión cercana a la Estación con otros maestrancinos en iguales condiciones. Los “Mauchos”, eran catalogados por los lugareños. Aún se juega a la rayuela en el recinto cedido por Ferrocarriles, colindante con la Plazoleta de la Estación. Aún llegan algunos viejos Tiznados” a beber recuerdos, a veces dulces, los más amargos, a sentir el paso de los trenes, camino al sur de sus ancestros para traer y llevar los bienes que la sociedad industrial genera. Allí se reencuentran con sus pares o con ellos mismos en la soledad del recuerdo de la bonanza de la Gran Matriz que fue la Maestranza Central.

Surgen como una condicionante bares y restoranes, la sed y el hambre del obrero deben ser atendidas, a veces con consecuencias negativas. En la calle Barros Arana el bar-restaurant de “Tamayo”, en un costado de la Plazoleta de la Estación el bar de “La India”, en Eyzaguirre “El Milano”, mezcla de bar y prostíbulo clandestino donde no faltaban las riñas causadas por los vapores del alcohol mezclados con el perfume de alguna casquivana dama. Frente al Cementerio Parroquial aún abre sus puertas “El Quita Penas”, donde terminaba el rito del funeral del compañero caído “en servicio” o el compañero que se lo llevó una cirrosis galopante, después de haber permanecido mucho tiempo en el Hospital, internado bajo los severos y cristianos cuidados de la Madre Camila. “La rosita”, como era silenciosamente mencionada la enfermedad, cobró muchas víctimas. El alcoholismo hace estragos y genera la inestabilidad familiar. El migrante convertido en obrero estable carece de los mecanismos necesarios de adaptación a la vida urbana. Carece de educación. Mi padre me relataba que solo había cursado hasta segundo preparatorio para luego ingresar al mundo laboral como inquilino del fundo “El Durazno”, en los alrededores de San Bernardo. Esta carencia de educación genera un efecto negativo debilitando la solidaridad, no comprenden las explicaciones complejas y por consiguiente son fácilmente devorados por la demagogia.

Seguramente al observar estas condiciones los trabajadores de la Maestranza se agrupan bajo el “Consejo Ferroviario”, una agrupación que no posee las características del sindicato tradicional, o de las primitivas “Mutuales” creadas en los años 1858 por las agrupaciones de artesanos que gravitaron fuertemente en las elecciones políticas de la época.  El Consejo ferroviario reúne a los socios para satisfacer sus necesidades recreacionales, la interacción positiva que busca el bienestar común e igual para todos. Al alero de este organismo se forman las ramas de Andinismo, ciclismo, ajedrez, fútbol, se organizan paseos grupales a las playas cercanas como Cartagena y Valparaíso.

El Consejo Ferroviario busca reforzar la conciencia solidaria, la condición de ciudadanos con deberes y derechos.

No tengo relación de cuando, en la Maestranza, se inició la costumbre de celebrar las Fiestas Patrias con la apertura de sus puertas  a los familiares de los obreros el día 16 ó 17 de septiembre de cada año. Solo recuerdo que ese era un día muy especial. Se nos despertaba muy temprano y enfundados en la tenida dieciochena, con zapatos nuevos incluidos, esperábamos inquietos la sirena que anunciaba que la Maestranza abría sus puertas para mostrarnos sus gigantes inmóviles y domados por los obreros.

(Allí estaría mi padre, doblegando planchas de aceros rojos, a golpe de mazo, en una sinfonía de acordes roncos y acompasados.)

Esposas e hijos, en perfecto orden, casi como el ritual de la entrada al templo, traspasaban las arcadas de la Puerta Principal adornada con hojas de palmera y banderas flameando con el viento primaveral. Sus pasos se dirigían hacia los Talleres donde los obreros, en sus puestos de trabajo mostrarían a los suyos el trabajo diario, la labor titánica o humilde que le correspondía como engranaje perfecto en la organización humana de la Maestranza.

Los obreros competían en adornar su Taller, con globos multicolores, guirnaldas y banderitas que ondeaban obligadas por el aire comprimido que estratégicamente salía de mangueras y tubos de prueba. Afuera, en los alrededores de los Talleres, los “dedalitos de oro”, la flor arraigada a las vías y patios ferroviarios hasta nuestro presente, gritaban su presencia como un testimonio de la cercana primavera.

Cada familia recibía  una gran bolsa  de papel conteniendo, frutas, dulces y confites y las infaltables banderitas, que volarían libres en las manos de los cientos de chiquillos, que alborozados iniciaban el descubrimiento de los misterios del Taller de su “papá”.

(Allí estaba mi padre, me acariciaba sonriente, y orgulloso nos mostraba el lugar de “su” trabajo, nos presentaba a sus compañeros, a su infaltable “compadre”. Era grande y fuerte como una locomotora. Bajo su protección nada, nada nos podía afectar…)

 Más tarde, en el Patio Central, donde se levantaba un escenario, las familias disfrutaban de un espectáculo con los mejores artistas de la escena del país. Los infaltables “pies de cuecas” bailados por los obreros y sus esposas marcaban una tradicional y amistosa competencia, donde las “tallas” sobraban, en una dialéctica solo comprensible por ellos.

(Mi madre preocupada para que no se le desbandara su prole, miraba a “su hombre” y seguramente en su interior comprendía profundamente el sentido de la palabra familia…)

La Maestranza Central ya no está. Solo queda el gigantesco Pabellón Central como un esqueleto varado en una playa  y que la marea  del progreso poco a poco va ocultando. Sin embargo, aún, entre sus huesos, se escucha el fragor incansable del quehacer del  “maestrancino”, reparando aquellas locomotoras que envueltas en humo y vapor viajan  por el recuerdo de mi ayer.

Quizás pronto, quizás, a la vuelta de un cercano mañana, celebraremos las Fiestas Patrias, como las recuerdo  en la Maestranza de mi niñez, Todos, en común adornando  Talleres, en familia; los niños correteando alegres volando banderitas de papel, soñando en que algún día  manejaran la Gran Locomotora.

Entre las numerosas familias que llegan del sur, muchas de ellas profesan religiones distintas a la católica, imperante en San Bernardo en aquella época. Son los “Protestantes” o “Evangélicos” y despectivamente denominados “Canutos” (3). Sin duda no fueron pocas las dificultades que enfrentaron para insertarse en una sociedad mayoritariamente católica que llegó a separar al evangélico hasta en el fenómeno de la muerte. En el Cementerio Parroquial existió un patio, separado del resto, donde quedaban los gitanos y los evangélicos.

Recuerdo un niño que llegó a mi curso, en primarias de la Escuela 7 y se declaró evangélico ante el sacerdote Alberto Jacques, que nos hacía la clase de religión una vez por semana. Hugo Díaz se llamaba o se llama, no lo sé, pero creo que la declaración abierta y valiente de su posición religiosa  fue una luz muy pequeñita que iluminaba los cambios que venían.

En este campo que crecía y requería de Pastores  son inolvidables las figuras y actividades de dos grandes hombres:

El Pastor Rojas y su Templo Metodista en la calle Esmeralda. Un hombre alto y delgado, de larga y frondosa barba blanca, de voz amable y andar seguro. Viví una parte de mi infancia cerca del Templo del Pastor Rojas y siempre me llamó la atención el fervor y la alegría de sus cantos acompañados de mandolinas, guitarras y violines: “Ven a El, pecador, que te  espera tu Buen Salvador” es la letanía que más recuerdo.

El otro personaje, quizás antagónico en el plano teológico y doctrinal, pero de igual bondad y carisma fue el  sacerdote Alfredo Maria Barros Casanueva, conocidísimo en las poblaciones obreras de los alrededores del Hospital simplemente como elPadre Barros”. Juntaba chiquillos y les hacía el “Catecismo” preparándolos para su Primera Comunión que se realizaba impostergablemente cada 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, en la Capilla del Hospital. Después de haber recibido este Sacramento, se pasaba conformar el grupo de “Los Cruzados”, que asistíamos a la Misa dominical premunidos orgullosamente de una banda blanca, cruzada de derecha a izquierda.

Una vez al año conseguía, sabe Dios como,  una “micro” y nos llevaba a la Gruta de Lourdes,  en las cercanías de la Quinta Normal. Había que llevar “cocaví” que calmaba el ayuno obligatorio desde las doce de la noche, hasta la hora en que se va a comulgar”.

Fomentaba y mantenía un grupo de jóvenes en la “Acción Católica”,  desde donde desarrollaban un quehacer social y espiritual hacia la juventud.

Menciono a estos dos grandes hombres, que de alguna manera gravitaron en la formación de muchos sanbernardinos de la época, por que sin duda a nivel de la organización social comprendieron la dimensión no manifestada del fenómeno socio-cultural que se estaba gestando en cuanto a los valores, conocimientos, normas y patrones de comportamiento considerando al obrero, a la esposa, a los hijos, al ciudadano común como actores  y no como sujetos del proceso. Entran en sus casas y saben de sus temores y dolores. Comparten su mesa y su pan. Bautizan a sus hijos y despiden a sus muertos en una simbología que llena el espacio  que se ha producido entre los habitantes del “centro” de San Bernardo y los que han llegado a poblar más allá de las fronteras históricas de la ciudad.

La incipiente industrialización de la ciudad con la marcha de la Maestranza genera cambios que se van haciendo notar y que rompen el andar tradicional de la ciudad. El obrero que trabaja ya establemente y no tiene la inquietud de la temporalidad del trabajo agrícola, desarrolla amplitud en su futuro y en el de los suyos, tiene un campo de acción más libre, de acciones más concretas. Los obreros de la Maestranza conforman un conglomerado importante para la ciudad. El comercio se expande ante los requerimientos básicos de una población más numerosa y el crédito se abre con más facilidad por el solo hecho de ser “maestrancino”. Recuerdo que mi madre recurría a la “Gran Vía” ó a la tienda “El Gallo”, ó a “Sarralde” o a la tienda “Pelayo” para la adquisición a crédito de algunas prendas de vestir que requeríamos en la familia.

Los obreros de la Maestranza se organizan y crean un sistema de abastecimiento que se adelanta al tiempo: las “Cooperativas de Consumo”, presentes no solo en nuestra ciudad, si no que a lo largo de la red ferroviaria donde existieron grandes conglomerados de obreros del ferrocarril en cualquiera de sus tantas especialidades. Grandes almacenes autogestionados donde se  proveían, no solo de la alimentación básica, si no que además adquieren bienes a menor costo que en el comercio establecido, ya que las Cooperativas no contemplan el fin de lucro.

Sin duda que el concepto del cooperativismo del obrero ferroviario rompe con  un esquema social en que las relaciones entre los distintos estratos sociales se basa casi exclusivamente en el plano de las necesidades mutuas. No se relacionan por ser individuos  sino por que desempeñan roles socialmente útiles. Al formar estas agrupaciones el obrero ferroviario se siente integrado, posee el sentido de pertenencia y por lo tanto sus requerimientos básicos de salud, educación, entretención, manutención, los ve más realizables, genera sus propio sentido de pertenencia.

 

(2) Alex Inkeless: “¿Qué es la Sociología?  Apuntes Univ.Católica-Esuela de Sociología-Santiago1970)

(3) Encíclica “Populorum Progressio"

 

Historias y Memorias Archivo N° 4

 

MEMORIAS DE RIELES

Por: Elena Valdivia y Érika García

Desde el jardín se escucha el ajetreo de los pájaros y al mismo tiempo el ruido de la ciudad que crece hacia los barrios más antiguos de San Bernardo hasta cubrir completamente la clásica postal del Chena con altos y lustrosos edificios, sin embargo, la Villa Mahuida aún conserva su estampa, con bríos de tantos años vividos y la particular sonrisa de la maestra Elena Valdivia Silva.

Su casa-museo alberga numerosas estampas viajeras, objetos, colecciones musicales y un sinfín de recuerdos de su querido San Bernardo.

“San Bernardo se sustentaba por la Maestranza”, me dice.

“El pito de las 12 era largo, se sentía en todo el pequeño pueblo; después los ferroviarios bajaban desde la Maestranza hacia sus casas para almorzar.

Era maravilloso ver pedalear a tantos tiznados por Avenida Portales, produciendo sonidos incesantes y difíciles de describir, pero que conservo nítidamente en mi mente.

Entonces vivíamos en Arturo Prat 80, en una casa grande, porque nuestro padre era Jefe de Estación.

Me encantaban esos barrios llenos de jardines preciosos y grandes salones”, dice Elena.

“Las casas ferroviarias, las asignadas eran para los jefes; los obreros tenían cooperativas. Así se construyó por ejemplo, la población La Lata, la Balmaceda y donde vivía mi mamá; El Andén, era una cooperativa ferroviaria que construyó en forma mixta, parte de las casas las construyó una empresa y la otra fue autoconstrucción, entonces había un encargado de una ‘brigada de construcción’, que ordenaba hacer los heridos, luego hacían los trazados y todo el grupo trabajaba en esa casa, y así se cimentaron varias de las viviendas del Andén. Mi mamá nunca quiso ir a vivir a La Lata, porque era al otro lado de la línea”, me cuenta Érika García, hija de ferroviario.

El acercamiento al mundo ferroviario de la maestra Elena Valdivia está marcado por el mundo de la educación en una escuelita rural, a orillas del río Maipo, y como profesora de folklore en la Escuela de Cultura y Difusión Artística de San Bernardo.

“Lo que más me gusta de San Bernardo es que ellos dicen con orgullo ‘somos maestrancinos’, porque era una de las empresas más grandes que ha forjado Chile. Todo se reparaba y construía aquí.

La Maestranza es un símbolo, es como una utopía que me encantaría volver a vivir y ser más joven y obligar a mi papá a que nos llevara a conocer”, agrega.

“Las puertas de la Maestranza se abrían una vez al año para ir con toda la familia en Fiestas Patrias. Premiaban a los obreros destacados y organizan una hermosa fiesta que incluía una locomotora pequeña que entregaba los regalos, porque ellos eran capaces de construir todo; tenían los talleres de fundición, los talleres eléctrico; en verdad los tiznados habían aprendido a solucionar grandes problemas, y todo era grande, nada era pequeño.

Me acuerdo que en el colegio me pidieron un ábaco ¡y mi papá construyó uno gigante!, hecho con las dimensiones que él pensaba. Si iba a hacer un columpio en la casa, porque yo tuve balancín y columpio, de fierro soldado, firme, hecho para durar toda una vida, incluso todavía tengo el trípode del columpio, nada era desechable, todo se pensaba para que durara siempre”, cuenta Érika.

“Cada obrero era un ingeniero”, dice la maestra Elena, “recuerdo la última vez que fuimos a despedirnos de la Maestranza, por los caminos polvorientos, recogiendo clavos con Arturo, estaban botados, y los puso en un madero como testimonio y homenaje a los maestrancinos para entregarlos en ‘Abril, Cuecas Mil’ a cada Agrupación, más de 150, de distintos lugares dentro y fuera de la Provincia. Testimonial, eran los clavos de la Maestranza, muy simbólicos”

Ellas se preguntan, por qué no hay una locomotora en medio de la Plaza de Armas de nuestra ciudad, como las hay en muchos rincones de Chile.

¿Por qué levantaron rieles y durmientes?, ¿dónde se los llevaron?, ¿por qué en la plaza Guarello no hay un vagón?, ¿por qué desmantelaron los ferrocarriles en Chile?, ¿quién vendió locomotoras a privados si eran del Estado?

Y, en sus recuerdos de maestra, a través de largos viajes por el mundo, me cuenta que la mejor manera de viajar era a bordo de un tren:

“Me acuerdo haber viajado muchas veces a Valparaíso desde la Estación Mapocho y en el Tren Trasandino hacia Buenos Aires. Era emocionante, en Mapocho partías a todas partes, a Europa, después en Vapor, aunque debo confesar que los asientos del tren de trocha angosta eran duros eso sí, muy incómodos”

Érika también recuerda esos viajes familiares: Teníamos pases gratis dos veces al año para viajar al sur con el Club de Andinismo y Excursionismo de la Maestranza; todos los veranos nos íbamos con ellos, arrendaban un carro de carga para llevar las carpas y las cocinas, después armar el campamento”

“El Jefe de Estación era una verdadera autoridad, tenía que ver hasta con la paz, era juez de paz, allá en Curicó, interviniendo en peleas entre maridos y esposas, entre hacendados, porque él era la autoridad de ese lugar, parte del protocolo importante del pueblo, desde aquel que fallecía, él tenía que saberlo embarcar con todos sus papeles; era responsable de muchas cosas”, sostiene la maestra Elena, y añade: “Clara Solovera, mi gran amiga e informante, vivía con unas abuelas en San Bernardo, en una casa-quinta; cuenta que desde joven desarrolló alergia a los Plátanos Orientales, por eso se tuvo que ir de San Bernardo, por su alergia.

Me contó que era muy amiga de los Thomson que vivían en la Avenida Colón, y la tía de Augusto Thomson (Augusto D’Halmar), le dio la vida a tres de mis hermanos, era partera, ¡imagínate la relación que tienen mis hermanos con los escritores!, era la única partera del centro San Bernardo, una de las más conocidas, aparte que Guillermo Thomson, un gran basquetbolista, del tiempo que nosotras éramos cabras, era estupendo, buen mozo y lo íbamos a ver cómo tiraba la pelota; todas enamoradas del sobrino de Augusto Thomson, bueno, ahí me contaba que era muy amiga de la Hilda Pérez de Arce, gente muy conocida en Colón, de buena situación, y decía que sus amigos se disfrazaban, yendo y viniendo por la Alameda, para después tomar el tren a San Bernardo, todos disfrazados, acompañados de una murga, con instrumentos, coros, vestidos de Pierrots, floristas, de gitanos, de árabe, en fin, todo un espectáculo que desfilaba desde la Estación de San Bernardo, por calle Arturo Prat, en comparsa, cantando hacia la Plaza de Armas, después caminaban en círculos y terminaban en una casa grande con orquesta y banquetes, siempre los 12 de febrero de cada año, la fiesta más importante en el pueblo, mucho más que las Fiestas Patrias.

Las ramadas se armaban en la Avenida Colón, había bueyes, la gente llegaba en tren, en carretas, se tomaba chicha a destajo, y eran días y días dando vueltas por la Plaza, y cuando apenas podían regresaban a Santiago en tren, todos desparramados, pidiendo ropa prestada.

Bueno, Clara Solovera después se casó con un médico”, finaliza.

 

Elena Valdivia Silva; Premio a la Música Nacional, creadora y Directora de la Agrupación Folklórica Los Chenitas y Maestra del Bicentenario.

Érika García Madrid, bailarina, cantante, compositora, escritora, ex Chenita, integrante de Los Cantores del Valle, Umbrales de Tradición y Chenas por Siempre.

 

Historias y Memorias Archivo N° 3

 

MIS MEMORIAS DE LA MAESTRANZA

Por: Manuel Sandoval Sarmiento

Profesor Normalista, ex Presidente Rama Ajedrez Maestranza Central

La  Maestranza de San Bernardo tuvo gran importancia en el desarrollo de la ciudad de San Bernardo durante 80 años aproximadamente, y  también del País en lo referido a los F.F.C.C. del E.E.

En nuestra ciudad se puede nombrar varias poblaciones que debieron crearse para que vivieran familias venidas de distintos lugares de Chile a laborar como técnicos especializados:  Población Sur, Población Balmaceda, Población Ernesto Merino Segura,  Población El Andén.

Los  2.500 obreros y empleados que trabajaron en la Maestranza Central, con sus respectivas familias; causaron un fuerte impacto en toda la  estructura de  la ciudad. Todo se  modificó:  el comercio, el arte, la cultura y el deporte.

El mayor impacto lo recibió el  barrio  donde se  ubicó  la  Maestranza, cuyo grupo escolar con las Escuelas números 3 y 4, dirigidas por don Roberto Lorca Olguín y la señora Ema Sarmiento González, se convirtieron en centros de Cultura.

Don Roberto Lorca Olguín creó el Consejo de Cultura Popular, cuyo objetivo fue llevar cultura gratis al barrio. En el Grupo Escolar se presentó la Orquesta Sinfónica de Chile, el Coro de la Universidad de Chile, el Ballet, la declamadora  Berta  Zingerman, el violinista  Pedro  D’andurain,  exposiciones  pictóricas y científicas, los que con las Revistas de Gimnasia de ambas  escuelas, el  Coro de  Adultos Escuela  Nº 4 y con los músicos sanbernardinos de  la época (algunos de ellos maestrancinos), hacían  de las tardes y  noches veraniegas las delicias de los vecinos del barrio Sur y  también del centro de la  ciudad. Hay que recordar que  el Consejo Obrero Ferroviario donó dinero para la construcción  del Grupo Escolar. Después logró construir el Gimnasio Ferroviario donde se cobijaron las ramas de: Ajedrez, Andinismo, Box,  Excursionismo, Básquetbol,  Pin-Pong , Rayuela  y otras.

Yo me crié frente a la puerta principal de la Maestranza Central, en una casa de dos pisos de la Directora de la Escuela Nº 4, que era mi madre. No tenía parientes que fueran  maestrancinos, pero esperábamos cada año el día 19 de septiembre, cuando la usina abría sus puertas para festejar a los hijos de los obreros. Junto a  mis amigos, recorríamos los distintos talleres, recibiendo golosinas y helados, las que al menos yo no me merecía.

Más tarde, siendo Profesor de la Escuela  Nº 3, recuerdo que la Maestranza cada año facilitaba varios carros para llevar a los alumnos de la escuela a pasear a Cartagena.

No  quiero  ofender a nadie, pero felizmente no se  quién, (quiénes) es el (o los) responsables del deterioro de los talleres. ¡PUDO DÁRSELES TANTOS USOS!.

Así como vamos, en 20, 30 ó 50 años de la Maestranza Central, no quedará nada.

Aunque ha  pasado  mucho tiempo, aún podemos dedicarnos a  escribir, pedir fotos, reunir testimonios, para que la Maestranza Central sea siquiera un recuerdo, como un bello sueño para  los  sanbernardinos del  futuro.

A pesar de todo, hay personas y grupos que han reunido una cantidad de fotografías, don Guillermo Cruces, creo que es poseedor de muchas de ellas. También hay que contactar personas que están recuperando el gimnasio Ferroviario. El  trabajo de  este  momento, es  conseguir  testimonios  también entre los maestrancinos que van quedando vivos.

 

Historias y Memorias Archivo N° 2

 

LECHEROS DE SAN BERNARDO

Por: Leonarda Caroca

Escritora

Había pasado más de un año desde que nos bajáramos del tren Longitudinal  procedentes de la sureña ciudad de Valdivia, recalamos en San Bernardo.

La humedad del Sur y la insalubridad del aula escolar donde enseñaba nuestra madre, habían hecho lo suyo con sus pulmones. No había elección posible sino emigrar al Norte, San Bernardo fue el consejo del médico: central, clima seco y sin la contaminación de Santiago por estar situada a mayor altura. Esta última parte del consejo valía para esos tiempos. Estuvimos un año sin  lograr resignarnos a vivir en un sitio árido que nos pareció  feo e inhóspito, aunque  tenía la ventaja de  estar situado a media hora de la  capital del país. La gente era tan distinta  de la actitud acogedora del Sur donde nadie sentía que estaba solo, porque el extraño era siempre invitado a incorporarse a la tribu. Aquí en cambio, no existíamos. ¡No éramos nadie!. Por costumbre asistí ese año al Liceo, para terminar la secundaria.

Ahora comprendo que nos vimos obligados a cambiar la escuela del Sur,  abierta, con pedagogos  que practicaban  las nuevas ideas, por otra  que  me pareció de  un orden monacal, donde se exigía la obediencia y el amor a lo añejo.  Me sentía rechazada, señalada como la oveja negra que viene a perturbar la paz del rebaño. No se trataba solo de mi percepción, todos en la familia buscábamos, desesperadamente, un espacio para echar una pequeña raíz en la tierra seca que pisábamos y, encontrar una casa adecuada era importante. Por suerte, alguien nos ofreció en arriendo una  casa- quinta, pegada al cerro, en las afueras de la ciudad.

Algo a trasmano ─objetó mamá, ─pero en tiempos de escasez de vivienda no podemos regodearnos, ¡no hay otra! ─concluyó. Tampoco parecía haber arrendatarios para  una casa tan grande y algo ruinosa. Eso jugó a nuestro favor  y, por lo tanto,  fuimos a vivir allí.

Habitar  una casa-quinta era la prueba más contundente de que mamá tenía razón cuando nos habló de una mejor vida hacia el Norte. Además ¡éramos tantos hermanos! y había  árboles frutales; un lujo para nosotros que veníamos  desde tierras  frías. Allí, se daban solo  manzanas y  ciruelas; y la lluvia pintaba de verde todo el horizonte poblado de robles, encinas, coigües, alerces y otros árboles milenarios. (Había soñado con trepar a los árboles y hacerme una casita entremedio de los nidos de los pájaros)

No  habíamos tenido muchas comodidades en el Sur, estábamos acostumbrados a vivir con poco, de modo que  caminar un par de kilómetros al día para ir  al autobús, era lo de menos. Ahora, cerca de Santiago, íbamos a vivir en el campo y eso tenía un valor suplementario; la distancia del centro  no sería mayor  problema. Por fortuna el cambio de casa fue en septiembre   ̶̶ ̶ comienzo de la primavera  ̶̶ ̶   cosa que alegraba la marcha con la presencia de las mil flores del camino. Pero, después de un par de meses y a medida que llegaba el verano, se fue haciendo pesado. Especialmente el regreso diario, aplastados por el sol de la tarde. Acostumbrada desde niña a ser independiente y a solucionar mis problemas sin esperar ayuda ajena, no había contado con la gentileza de los vecinos y trabajadores del campo que, en ese tiempo, hacían la misma ruta en sus carretillas, carretas y otros vehículos. Por eso un día, de camino a casa, me sorprendió escuchar:

̶ ̶  La llevo, señorita, paso por su casa.

El hombre había detenido su blanco carruaje haciendo una señal al caballo y estaba ofreciendo llevarme cerca de casa. No era despreciable la invitación, el largo viaje  desde la universidad me había cansado,  el calor  ya derretía mis ideas y fundía mis manos a la cartera de los libros. Viajando en el  carretón  lechero acortaría la distancia y bajaría la temperatura.

̶ ̶ Suba no más, no tenga cuidado  ̶̶ ̶   insistió amablemente.

Era uno de los vendedores  que regresaban para dejar los tarros vacíos a la parcela cercana. Los había visto a diario, repartían  el alimento recorriendo el pueblo y haciendo sonar un pito  para convocar a todas las dueñas de casa que acudían con sus ollas. Vendían la leche por litros; se decía que agregaban agua al tarro, aumentando el volumen inicial para hacer una mejora en su salario…quizás fuera cierto.

Sin dudar, subí a la pisadera del carro y me instalé junto al cochero. Sentada en el pescante, tenía el privilegio de ver el camino desde arriba y sentir el perfume de las madreselvas que tapizaban las murallas, de modo que el  aire se hizo agradablemente fresco y el camino, amable, como  el hombre que lo guiaba. De palabra fácil y directa, la conversación fluía sobre cosas sencillas, las  que formaban parte de la vida cotidiana de cualquier persona de campo:

Y ustedes ¿qué estudian? Porque  ustedes son dos señoritas  ¿o no? —quiso saber, después de haberme informado ampliamente acerca de la parcela que proveía la leche.

̶ ̶ Yo, voy a ser profesora, y mi hermana, periodista. Me dio risa su cara de sorpresa, por eso agregué:

̶ ̶  O sea, los que escriben los diarios que lee la gente.

Aaahh…Bueno, los que leen será  agregó  con un dejo de tristeza que, en ese tiempo, no entendí en mi suprema ignorancia. Ya más en confianza, el hombre se atrevió a preguntar:

̶ ̶ Oiga señorita, disculpe, ustedes viven en la casa  de don Mellado, oiga, perdone pero…dicen que anda el Malo por ahí. Los que vivían antes, contaban que  hay penaduras  hasta de día en la pieza del ropero grande. Los arrendatarios  anteriores tenían miedo…pero ¿ustedes no han visto naa?…¿o sentido cosas raras?. No quise decirle que  esa era precisamente mi pieza; pero, le comenté que a lo mejor  los fantasmas no se atrevían a salir, ahora que estábamos nosotros, tal vez  éramos peores que ellos. El hombre celebró la ocurrencia y nos fuimos conversando del tiempo y de cualquier cosa, hasta llegar a casa. Desde ese día él, o  cualquier otro lechero que pasaba a mi lado, me invitaban a compartir su viaje. Después supe que lo mismo  le ocurría a mi hermana.

La amabilidad desinteresada de esta gente campesina, me ayudó a percibir  un San Bernardo acogedor y generoso que de otra forma no hubiera conocido.

Estaba empezando a encariñarme con el pueblo que nos había albergado,  en los tiempos de la leche en tarro y transporte en jamelgos de pura sangre.

 

Historias y Memorias Archivo N° 1

 

EL CLAUDIO

Por: Joel Acosta

Actor, instructor teatral (Teatro Universidad de Chile), cronista, escritor, escultor (Escuela de Canteros y Ornamentación), obrero ferroviario maestrancino

Su presencia era habitual en las calles del San Bernardo antiguo. Apoyándose en una vara, a modo de muleta, caminaba arrastrando sus pies calzados con unos ajados bototos, seguramente conseguidos en la tienda de los Nazar, una familia palestina, que se dedicaba a la comerciar excedentes de vestimentas y útiles militares dados de baja.

Su edad siempre fue un misterio. ¿Cincuenta, sesenta, veinte años…? Su rostro cubierto por una barba blanqui-negra, carecía de expresión, salvo una mueca constante que podría interpretarse como una sonrisa. De su boca, completamente desdentada, colgaba un hilo de saliva manchando eternamente una camisa de color indefinido.

Seguramente su caminar arrastrando una pierna, el rictus de su boca, la ausencia de expresión en sus ojos, su continuo babear, su incapacidad de articular palabras, eran el resultado de alguna enfermedad crónica, agravada por el abandono y el rechazo de aquellos con que se topaba en su deambular por las veredas del centro de la ciudad.

Claudio era el nombre por el cual se le conocía, De su origen y de su pasado se tejían historias y mitos. Se comentaba que había sido un estudiante universitario que por una pérdida amorosa había intentado suicidarse lanzándose a las aguas del canal Espejino, que aun hoy cruza por los faldeos de los cerros de Chena. Fue rescatado por algunos campesinos, pero el tiempo que permaneció sumergido habría causado los estragos en su cerebro, agravado por la pena de amor. Otra versión hablaba que había sido abandonado por su familia a causa de las limitaciones que lo acompañaban desde niño.

Ví muy pocas personas que le prestaran atención en su diario limosnear por la calle Eyzaguirre. Se detenía frente a las tiendas, a la entrada y estirando su mano, que más se asemejaba a una garra, emitía unos sonidos guturales que podrían interpretarse como súplica. Algunos tenderos le daban unas pocas monedas, los más simplemente lo expulsaban con gestos y ademanes incomprensibles para el.

No pocas veces era motivo de burlas por parte de algunos estudiantes del Liceo. Lo seguían imitando su dificultoso caminar, emitiendo gruñidos, entre risas y aprobación de más de algún transeúnte. A veces, el Claudio se detenía y enarbolando su cayado hacía un amago de golpear a los chiquillos, que se dispersaban por un momento para luego continuar con las burlas, ante la mirada pasiva de los tenderos, de los transeúntes y a veces hasta con la presencia de algún carabinero de ronda por el sector.

Vivía detrás del cementerio parroquial, entre las ruinas de lo que fue la Morgue de la ciudad. Era un callejón cruzado por un canal de aguas sucias que siempre arrastraba basuras y animales muertos, especialmente aves provenientes de un criadero cercano, aguas arriba. Lo que quedaba de la Morgue le servía de refugio. La edificación, pegada al muro norte del cementerio, era de materiales sólidos que habían resistido el abandono y quizás la presencia del Claudio ó el hecho que allí llegaban los cadáveres para las autopsias de rigor, no permitió que se produjera el robo de puertas, ventanas, techo por parte de los lugareños. Los habitantes de los alrededores evitaban transitar por el callejón, especialmente al atardecer ó de noche, cuando suponían que los fantasmas de los muertos de la Morgue eran despertados por la presencia del Claudio que regresaba a su refugio, después de su diario peregrinar por las calles del pueblo.

Hoy el callejón detrás del cementerio ha cambiado. Las ruinas de la Morgue desaparecieron, el canal fue abovedado y el basural es ahora jardines, juegos infantiles y escaños que bordean un sendero de gravilla. Los campos y parcelas donde desembocaba el callejón del cementerio, fueron objeto de ocupación por familias sin casa. El cementerio, ayer situado en las afueras del pueblo, está hoy rodeado de poblaciones y villas la mayoría producto de las “tomas” de los años 70.

Deben quedar algunos habitantes de San Bernardo que conocieron al Claudio. Seguramente, los más, ni siquiera lo recuerdan. La frágil memoria es una excusa de lo que no queremos recordar.