Por: Marcelo Mallea H.
En los pasillos del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, dos futuros gigantes de la literatura se cruzaron: Romeo Murga y Neftalí Reyes Basoalto, quien más tarde sería conocido como Pablo Neruda. Ambos compartieron aulas, forjando una amistad marcada por la poesía francesa.
Murga, como profesor de francés, guió a Neruda hacia un universo de versos melancólicos y oscuros. Juntos, se adentraron en la obra de Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, poetas malditos que cultivaron una estética cargada de simbolismos y una profunda sensibilidad ante la desolación humana.
Esta conexión literaria marcó a ambos poetas para siempre. La influencia de los simbolistas franceses se reflejó en sus propias obras, dotándolas de una atmósfera onírica y una búsqueda constante de la trascendencia.
Años después, a pesar de seguir caminos distintos, la amistad entre Murga y Neruda perduraría como un testimonio de la profunda conexión que se establece entre dos almas gemelas en el universo de la poesía.
Su refugio era una modesta habitación en calle Maruri, un espacio impregnado de sueños y aspiraciones literarias. Allí, entre libros y versos, Neruda y Murga tejían historias, imaginaban mundos imposibles y daban rienda suelta a su creatividad inagotable, aunque con bemoles:
“La vida de aquellos años en la pensión de estudiantes era de un hambre completa” – relató
En medio de los juegos florales que culminaban con la coronación de la reina, la plaza de San Bernardo se vio invadida por dos figuras envueltas en el aura de los poetas malditos: Pablo Neruda y Romeo Murga. Su llegada despertó una mezcla de curiosidad y recelo entre los presentes, acostumbrados a las melodías de las agrupaciones musicales locales.
Neruda se tomó el escenario. Su voz, profunda y quejumbrosa, comenzó a recitar versos cargados de melancolía. Sin embargo, la atmósfera festiva de la plaza contrastaba con la intensidad de su poesía, generando una incomodidad creciente entre los “parroquianos”.
Tosiendo y murmurando entre ellos, algunos comenzaron a burlarse de la particular entonación del poeta. Las “chirigotas” y risas nerviosas se multiplicaban, evidenciando la desconexión entre el público y la propuesta artística de Neruda.
La escena se convertía en un peculiar contraste: por un lado, la solemnidad de la poesía maldita y, por otro, la algarabía de un pueblo ajeno a sus códigos y estéticas. La plaza de San Bernardo se transformaba en un escenario surrealista, donde la poesía se enfrentaba a la incomprensión y la burla.
Ante la nefasta escena, Neruda apuró su lectura y presentó a Romeo Murga, un “Quijote de dos metros de altura”, con ropa oscura y raída que leyó con voz aún más quejumbrosa.
El público, con actitud barbárica no pudo “contener su indignación” y comenzó a gritarles todo tipo de improperios: “¡Poetas con hambre! ¡no echen a perder la fiesta!”
El asunto se salió de control y arrancaron como pudieron para salvar sus pellejos.
Neruda nunca regresó a San Bernardo después de este bochornoso incidente.
Murga ejerció su profesión en el liceo de Quillota, y al mismo tiempo tradujo a numerosos autores franceses, y escribió para prestigiosas revistas.
A diferencia de Neruda, él volvió a San Bernardo, pero murió repentinamente de tuberculosis el 22 de mayo de 1925.
Sus restos mortales fueron trasladados al cementerio parroquial de nuestra ciudad. Aquí, el destino quiso llevarlo a una fosa común, y de paso al más completo olvido.
Un hombre, Bernardo Recabarren, honrando la memoria de su padre, el escultor, artesano y maestro, José Recabarren Apablaza, amigo de Romeo Murga mientras estudiaban en el Instituto Pedagógico, impidió esta tragedia, obteniendo para él, con mucho esfuerzo, una tumba propia.
El día de la exhumación, en 1992, con la presencia de un notario y algunos testigos, entre ellos Robinson Recabarren, hijo de don Bernardo; se levantó un acta para proceder al traslado.
Lo que más llamó la atención, fue su enorme estatura (1,92 metros), como lo describió Neruda; su fémur medía 50 ó 55 centímetros de largo.
De su cráneo sólo quedaban algunas piezas, más reposaba sobre varios libros, siguiendo la vieja tradición y rito de las sepultaciones.
Los ejemplares eran: la Biblia, Alsino (de Pedro Prado), y un libro de poemas de Baudelaire.
Al costado, reposaba una lata chocolatera, pintada por él en su interior, al mejor estilo de Monet, con tres nenúfares.
Murga, el poeta adolescente, descansa en este cementerio gracias al alma caritativa de un hombre que comprendió la importancia y el significado trascendente de una obra más grande y más alta que el premio Nobel.
A pesar de su corta vida, Murga dejó un legado significativo en la poesía chilena, siendo considerado como una de las figuras más importantes de la generación del ’20