Por: Marcelo Mallea H.-
“Ici repose Simon Jean Louis Joseph Francois, Maitre Charpentier of second class, 1, Francaise D’Observation Mission du Passage of Venus Sur le Soleil. December 1882”
Descubierta entre las polvorientas páginas de un libro del profesor, escritor e investigador histórico Raúl Besoaín, una enigmática nota se convirtió en la llave para desentrañar un misterio que yacía dormido durante años. La simpleza de su caligrafía contrastaba con la intriga que despertaba su contenido: una breve referencia a un tal “Simón”, personaje envuelto en una historia por descubrir.
Un paseo casual por el antiguo cementerio parroquial de San Bernardo se convirtió en un inesperado encuentro con el pasado. Entre cruces musgosas, una piedra de color rosado llamó la atención del caminante. No era una piedra cualquiera, sino una lápida que guardaba en su superficie un mensaje importante.
Un vestigio del pasado yacía semi-enterrado en uno de los patios del cementerio Parroquial de San Bernardo. La mirada del curioso transeúnte se posó sobre la lápida, atraída por su peculiar materialidad y la intriga que emanaba de su superficie.
Al descifrar las inscripciones, una sorpresa inesperada lo invadió. El nombre “Simón” se destacaba entre las letras desgastadas, seguido de su oficio: “maestro carpintero de segunda clase”. La nacionalidad, “francés”, confirmaba el origen del individuo.
Pero lo que verdaderamente despertó la fascinación del profesor fue la fecha grabada en la piedra: diciembre de 1882. Una pieza clave del rompecabezas comenzaba a tomar forma.
La última inscripción, “misión francesa de observación del paso de Venus por el Sol”, descorrió el velo del misterio. Su mente se transportó al pasado, imaginando la llegada de una expedición científica a San Bernardo, atraída por un evento astronómico de gran relevancia.
Esa era la conexión que faltaba: la misión francesa que instaló un observatorio astronómico en el Cerro Negro el 6 de diciembre de 1882. La lápida, ahora más que una simple piedra, se convertía en un testimonio tangible de aquel acontecimiento histórico.
El año 1882 marcó un hito en la historia científica de Chile. Tres expediciones extranjeras arribaron a Santiago, ansiosas por presenciar un evento astronómico de gran relevancia: el paso de Venus por el Sol. Cada una de ellas eligió un lugar estratégico para instalar sus observatorios:
Los belgas se decantaron por el Observatorio Nacional de la Quinta Normal. Los estadounidenses prefirieron la bulliciosa capital. Y los franceses, liderados por el teniente Octave de Bernardières, León Bernaud y Carlos Favereau, se dirigieron al tranquilo pueblo de San Bernardo.
Entre los cinco ayudantes que acompañaban a la expedición se encontraba el maestro carpintero Simón. Su llegada a tierras chilenas, sin embargo, estuvo marcada por la tragedia. Falleció al poco tiempo de arribar a San Bernardo, dejando un enigma que perseguiría a la ciudad por más de un siglo.
Su tumba, ubicada en el cementerio parroquial, se convirtió en un símbolo de su memoria. Una piedra, marcada con su nombre, oficio, nacionalidad y la fecha de su muerte, servía de faro.
En extrañas circunstancias, la lápida desapareció del cementerio. Un testigo aseguró haberla visto en uno de los patios interiores, para luego ser llevada al relleno sanitario Santa Marta. Así, la pista de Simón se perdía para siempre en medio de escombros, dejando también un vacío en nuestra propia historia.
¿Qué sucedió con la lápida? ¿Por qué fue trasladada y dónde se encuentra ahora?. Estas preguntas continuarán resonando hasta acabar con este misterio que data de 1882
Uno de los objetivos de los astrónomos de los siglos XVIII y XIX era determinar la distancia de la Tierra al Sol (la unidad astronómica), o bien el diámetro angular del eje semi-principal ecuatorial de la Tierra visto desde el centro del Sol. La unidad astronómica es la línea de fondo para determinaciones estelares, y es así el primer paso de la escala de distancia cósmica.
Nada se sabe tampoco de los tres pabellones construidos en el cerro Negro. El observatorio estaba ubicado en línea recta, dirigida de oriente a poniente, y distante, uno de otro, por 40 metros, aproximadamente.
El pabellón poniente era octogonal y circundaba un macizo pilar de mampostería y ladrillo, para servir de soporte a un gran anteojo ecuatorial de 8 pulgadas de abertura, fabricado en los talleres Eichens y Gautier, en París.
Por otro lado, el pabellón central era cuadrado y encerraba un valioso círculo meridiano portátil; instrumento astronómico para realizar observaciones precisas de la posición de los astros, fabricado por la marca “Brunner”, un cronógrafo, aparatos telegráficos, cronómetros y baterías eléctricas. El último pabellón albergó un anteojo ecuatorial suizo.